Día 25

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9 de julio

Despertó mi atención, esta misma tarde, una frase de Sebald, sobre la ciudad de Venecia, en la que el autor alemán decía que quien se adentra en esa ciudad nunca sabe lo que va a ver a continuación o por quién será visto al momento siguiente.

Ahí mismo detuve mi lectura y me dejé llevar por el recuerdo. Recordé algo que tenía relación con esto. Recordé un paseo que di hace dos o tres días por aquí, por mi ciudad. Me adentré en ella como quien se adentra en Venecia, sin saber qué iba a ver a continuación ni por quién sería visto al momento siguiente. Di varias vueltas sin rumbo fijo y, sin fijar tampoco el rumbo de mis pensamientos, los dejé que se adentrasen en los rincones más recónditos, sin que supieran ellos tampoco lo que verían a continuación.

Vague y me metí por calles por las que no suelo ser visto. Y en algún momento, al parecer, fui visto en una librería comprando unos lápices. Eso no lo supe en el momento sino que me lo dijo un conocido luego, cuando me aseguró que me había visto allí, en la librería.

Yo, supongo que debido a que mis pensamientos se paseaban sin ser vistos, no recordaba el episodio, pero constancia de ello eran los lápices que, efectivamente, descansaban en mi escritorio.

Debo reconocer que me preocupó el hecho de no recordar el haber estado en la librería ni haber comprado esos lápices. Temí, por un momento, que mi memoria se hubiese adentrado demasiado en algún lugar oscuro y no volviese a ser vista nunca más.

Pero la preocupación duró poco ya que esta misma tarde, leyendo a Sebald, me di cuenta que mi ciudad es también un poco como Venecia. Es decir que, si me adentro mucho en ella, puede pasarme eso de no saber por quién seré visto ni qué voy a ver a continuación hasta que lo que vemos son esos lápices que compramos cuando fuimos vistos sin saber lo que veríamos a continuación. Una vez que los vemos, y gracias a Sebald, ya recordamos dónde nos adentramos. Por suerte.

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Día 24

 

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4 de julio

Hoy no me da vergüenza aceptar que tiendo a exagerarlo todo. Pero no puedo decir que siempre haya sido así. Y es que antes (quiero decir, antes de que me diera cuenta de que tiendo a exagerarlo todo) no sabía que tenía esta tendencia.

Llegué a esa conclusión esta misma semana, mientras revisaba unos textos que había escrito hace tiempo (algo que me horroriza porque me hace sentir, esto sí, mucha vergüenza) en busca de información que quería utilizar para algo que estaba escribiendo y que no recordaba.

Mientras revisaba esos viejos textos me dio por reflexionar sobre cómo mi escritura ha ido transformándose, mutando hacia lo que hoy es. Y me fijé, principalmente, en que si hay algo que la caracteriza es que, a pesar de que siempre lo ha sido bastante, ahora se ha vuelto más exagerada, o al menos eso me pareció.

Pero lo más interesante es que de esta reflexión salté a otra que también me ha resultado curiosa. Y es que, al pensar en el porqué de ese carácter exagerado de mi escritura, me di cuenta de que muy bien puede estar relacionado con algo que durante muchos años me inquietó. Me refiero a esa idea que se tiene, aquí en España, de que los argentinos somos, en general y por encima de todo, muy exagerados. Una idea que siempre me llamó la atención desde llegué a España, hace ya muchos años.

Digo que me llamó la atención porque de esa idea de la exageración no tenemos conocimiento los argentinos hasta que no venimos a España. No sabemos en Argentina nada de esa rasgo de nuestro carácter.

Esto me llamó, como decía, tanto la atención, que durante muchos años, mientras estaba aquí en España, me dediqué a preguntarle a la gente que iba conociendo por qué consideraban que los argentinos eramos exagerados. Muchos no supieron darme respuestas que me aclarasen del todo las dudas. Pero sí que hubo un amigo que me lo resumió bastante bien. Me dijo mi amigo, mientras estábamos tomando unas cervezas en un bar del barrio del Raval, en Barcelona: “Supongamos que entra un español en un bar y quiere pedir una caña. Este diría algo así como <<ponme una caña>> o quizás simplemente <<una caña, por favor>>. Ahora supongamos que entra un argentino con el mismo propósito, ¿qué diría? Pues algo así como: <<Disculpe, por favor, sería usted tan amable, si no es mucha molestia, y me pone una caña. Se lo agradecería infinitamente. Muchas gracias>>. Pero eso no es todo”, continuó mi amigo, “después de que el camarero le pusiese la caña, diría además algo así como: <<Qué caña más linda, che. ¡Tiene pinta de estar riquísima y fresquita! ¡Qué maravilla!>>.

Por supuesto que mi amigo también estaba exagerando y así lo entendí. Pero quitando el sobrante de todo aquello que dijo, había en esa reflexión mucho de cierto. Y yo le contesté que el exceso de amabilidad y buen trato eran claros signos de buena educación y nunca estaban de más. Y él me respondió que estaba yo en lo cierto, pero que no por eso era menos exagerado.

Ahí se acabó la discusión y pasamos a otros temas y a disfrutar de nuestras cervezas que sí que estaban muy ricas y fresquitas, aunque puede que exagere.

Durante mucho tiempo olvidé aquella charla con mi amigo en Barcelona, hasta el otro día cuando, buscando otra cosa que nada tenía que ver con esto, me di cuenta del carácter exagerado de mi escritura y de su transformación y mutación hacia algo que perfectamente podría llamarse meta-ficción exagerada. Y fue ahí cuando dejé de buscar lo que estaba buscando y, olvidándome de la vergüenza que me daba leer lo que escribí hace tiempo, empecé a buscar patrones que me llevasen a reconocer mi tendencia tan argentina a exagerarlo todo. Y puedo decir, no sin algo de orgullo, que encontré algunas cosas bastante exageradas. Es más, me di cuenta incluso de que exagerar era algo que también había hecho mucho en mi novela anterior ya que recordé varias veces en las que, mientras la estaba escribiendo, le di a B. algunos capítulos para que me los corrigiese y, al preguntarle que le parecieron, ella me respondió que les parecían totalmente exagerados (y eso que B. es también bastante exagerada, aunque de argentina no tiene ni un pelo), pero que le encantaban.

Hoy me doy cuenta de que había en aquellas exageraciones (y en estas) mucho de intención y quizás algo de guiño a mi amigo de Barcelona. Hasta me atrevería a decir que hoy exagero todo un poco más que antes y que quizás, en mi próxima novela, todo aparezca mucho más exagerado. Quién sabe.

Pero no me da vergüenza afirmar ahora que exagero y, si me presionan, diría que abrazo la exageración como forma de vida. Espero no ser demasiado exagerado.

Día 23

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27 de junio

Cada vez me convenzo más de que hay escritores por todos lados. Se esconden detrás de las fachadas más insólitas y curiosas, para aparecer cuando uno menos se lo espera.

Hoy, sin ir más lejos, tuve un extraño encuentro con uno en el café de mi barrio. Ese café en el que me gusta sentarme a escribir y al que voy varias veces por día. El mismo café en el que, como ya escribí anteriormente, siempre entro con temor a que un día el dueño se harte y termine por preguntarme sobre el porqué de esa extraña actitud mía de ir allí, varias veces por día, sentarme en una mesa apartada (en lo posible siempre la misma), cerca de la ventana, y una vez acomodado allí, quedarme pensativo mientras lo observo todo sin observar realmente nada. O preguntarme, quizás, por esas otras veces en las que, inclinado demasiado sobre este cuaderno en el que ahora escribo estas lineas y, en una actitud de extrema concentración (mordiéndome la lengua hasta casi hacerme mal) me río solo mientras escribo como poseído.

Tengo temor no solo a que me pregunte, sino más bien a tener que responderle algo que le resulte tan extraño que me crea un loco perdido y termine por echarme de allí.

Y, por un momento, hoy fue el día en que todos esos temores se hicieron realidad. Sucedió lo que tanto me esperaba que sucediera, aunque no sucedió como me lo esperaba. Hoy, el dueño, por fin se ha acercado sin traer en sus manos el café de siempre. Y, en cuanto lo he visto venir directo hacia mí, con el ceño fruncido, he sabido que el momento había llegado y todo mi mundo se ha tambaleado por unos instantes. Casi estuve apunto de levantarme y salir de ahí yo solito, antes de que me echasen. Pero apenas me dio tiempo a cerrar el cuaderno cuando el dueño llegó hasta la mesa y me preguntó, sin más preámbulos, si era escritor. La pregunta me dejó tan desconcertado que lo único que atiné a responderle fue algo que recordé que un amigo me había recomendado decir en caso de que algo así sucediera.

“Pincha, rompe, pierde, paga”, le dije, y me quedé mirándolo unos segundos, ahora sí, con verdadero temor a que me sacara del bar a empujones por pirado. Pero para mi sorpresa su réplica me dejó aún más descolocado que su pregunta anterior. “Escribir en un bar es como quedarse dormido escuchando la radio”, me dijo. Y, como no entendí en absoluto lo que me había querido decir, me di cuenta enseguida de que había encontrado otro amigo con el que compartía afinidades. Porque no entender era precisamente lo que andaba yo buscando y así se lo dije. Y él, por supuesto, se echo a reír a carcajadas y la enorme panza que ostenta empezó a sacudir el delantal que tenía atado a la cintura.

Acto seguido, me invitó una cerveza que amablemente tuve que tomarme, aunque eran las diez de la mañana, porque rechazarla me pareció un gesto descortés para con mi nuevo amigo. Después, me contó que él también era escritor y que, en sus ratos libres, se le había ocurrido regentar un café. Dijo esto y soltó otra carcajada con sacudida de panza.

Me dijo que su mayor afición eran los aforismos, pero que no descartaba escribir una obra en la que conviviesen, de manera natural, los aforismos con la narrativa. Un obra como la de Oscar Wilde, me dijo, y me confesó que el irlandés era uno de sus escritores favoritos.

Para este momento, él ya estaba sentado en mi mesa con una cerveza adelante y yo un poco mareado con la segunda. Estuvimos así un rato, tomando cerveza y charlando sobre Oscar Wilde y sobre aforistas que yo desconocía completamente.

Después volví a casa muy contento y zigzagueando. Ahora tenía un nuevo amigo, un lugar fijo para escribir sin temor a que me echasen y una borrachera bastante importante. Volví tambaleante y pensando que, después de Paterson, Óscar (así me dijo que se llamaba, aunque no sé si se lo había inventado) era el segundo escritor que aparecía donde menos me lo esperaba y oculto tras una fachada curiosa.

Habrá que seguir buscando.

Día 22

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20 de junio

Esta mañana, mientras estaba corrigiendo unas páginas que escribí ayer por la noche, me interrumpió el timbre. Una interrupción que, a pesar de lo que puede esperarse, fue recibida con alegría por dos motivos: el primero, porque lo que estaba haciendo era un trabajo bastante tedioso; el segundo, porque quien había tocado el timbre era mi amigo Paterson, el repartidor de agua (como ya expliqué con anterioridad en este diario, Paterson no se llama Paterson pero se parece muchísimo en todos los sentidos a ese personaje de la película Paterson de Jim Jarmusch), que precisamente venía a traerme la caja de agua embotellada como cada semana.

Se lo veía agotado. De la frente le caían gotas de sudor que se secaba con un pañuelo blanco, de tela. Un gesto antiguo que me llamó la atención. Un gesto que bien podría atribuírselo a mi abuelo. Un gesto de alguien mayor, aunque Paterson no tiene más de cuarenta, estoy seguro.

Al verlo en esas condiciones de agotamiento, le pregunté si es que había tenido mucho trabajo durante la mañana debido a la llegada del calor y al inminente verano. Me respondió que sí, pero que a pesar del aumento del trabajo y del calor, él se alegraba muchísimo de la llegada de estas fechas y estas temperaturas. “En el verano”, me dijo, “por alguna extraña razón, escribo mucho más”.

De hecho, me contó mientras se tomaba el café y el vaso de agua que yo le había invitado, ahora estaba trabajando en una serie de Haikus: “Los Haikus de verano”, me dijo sacando su cuaderno de poemas del bolsillo.

“No soy muy adepto a las formas”, comentó, “pero la precisión y la concentración del Haiku me inspiran”.

Después me leyó varios de los Haikus que había escrito y que me parecieron muy buenos. Precisos y acertados. Uno me quedó particularmente grabado y me gustaría reproducirlo aquí.

Al calor feroz

los labios agrietados

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Después lo despedí, como de costumbre, desde la puerta de calle. Él me saludó con una mano y con la otra sacó el pañuelo y, con ese gesto antiguo, se secó el sudor de la frente antes de subirse al camión. Y mientras se alejaba, no pude evitar acordarme de mi abuelo y de todos esos veranos que pasé en su casa. Veranos maravillosos, bajo el calor feroz y con labios agrietados.

Día 20

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11 de junio

Me di cuenta hace algunos días de que no soy un escritor de escritorio. Soy más bien un escritor de andar o un escritor de cafeterías. Me explico: me sucede, la mayoría de las veces, que lo que se me ocurre para escribir me viene cuando estoy caminando, en uno de mis frecuentes paseos, o cuando estoy en la cafetería de la esquina de casa a la que siempre voy a escribir. El ambiente de la cafetería hace que, a pesar del ruido, me concentre y se me ocurran buenas ideas. Lo mismo me sucede cuando estoy paseando. Y aunque a quien me vea podría parecerle que voy observándolo todo con atención, en cambio, lo que me sucede es que voy inventándome cosas y muchas veces hasta hablando solo.

Siempre que vuelvo de esas caminatas o de la cafetería de la esquina de casa, me siento en el estudio a escribir, lleno de ideas. Algunas de ellas las tengo apuntadas en un cuadernito que llevo conmigo para todos lados. El problema viene precisamente cuando abro la computadora o el cuaderno en el que escribo. Es ahí, cuando empiezo a descargar toda la información, el momento en que la cosa empieza a diluirse y se va evaporando hasta quedarse en un par de párrafos que luego habrá que retocar. Todas esas ideas que creía magnificas y que se elevaban y flotaban con elegancia, de repente, pierden fuerza y energía. Y para colmo de males, yo quedo agotado, como si me hubiese pasado varias horas escribiendo.

Lo bueno es que he descubierto que la operación de salir a pasear o de ir a la cafetería funciona sin importar las veces que la repita. Siempre da resultado. Así que lo que hago es pasarme el día entrando y saliendo de casa. Yendo y viniendo. Salgo de casa, doy una vuelta por el barrio y después voy al bar y me siento a apuntar cosas en el cuadernito.

Supongo que el hombre del bar pensará que estoy medio loco ya que aparezco por allí varias veces al día y cada vez repito la misma operación: me siento en la mesa que está al lado de la ventana (si no está ocupada) y me pongo a escribir en el cuadernito mientras me muerdo la lengua. Hasta ahora nunca se atrevió a preguntarme nada, por suerte. Pero noto que me mira con curiosidad y sé que uno de estos días se va a animar y me va a preguntar. Y ahí voy a tener que atreverme yo a decirle que lo que hago es venir al bar para poder “irme”. Que cada cierto tiempo, tengo que salir de casa para que las ideas se muevan y se eleven. Es como si tuviera una de esas bolas de cristal que simulan un paisaje con nieve, le diría al señor del bar, y, cada tanto, no me queda otra que agitarla para que la nieve (las ideas) se eleve y flote hasta quedar suspendida en el liquido durante varios segundos antes de asentarse nuevamente y que todo quede en calma. Esa es la metáfora que usaría para explicarle al señor del bar por qué voy allí a cada rato y me siento en esa mesa a escribir en el cuadernito mientras me muerdo la lengua. El tema es que si le digo eso, ahí sí que, seguro, pensará que estoy medio loco o loco del todo y, quizás, no me deje volver a entrar porque tendrá miedo que un día agite demasiado las ideas en su bar y haga alguna locura. Por eso creo que voy a tener que inventarme otra metáfora menos extraña, porque sino corro el riesgo de no poder volver y ahí a ver cómo me las arreglo para agitar la bola de nieve y que todo se eleve y flote. Me arriesgo demasiado a que todo se quede completamente en calma. Un paisaje con la nieve bien asentada. Aunque siempre me quedarán los paseos. Pero para qué arriesgar. Es mejor decirle que soy un adicto al café y que para disimular mi adicción hago como que escribo, concentrado. Para que no se note. Seguro que ahí se queda más tranquilo.

Día 19

 

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2 de junio

Hoy es un buen día para novelar. Digo esto porque, apenas me senté hace un rato a trabajar, se me ocurrió la idea de agregar otro narrador a la novela. No digo que haya cambiado el que ya tenía, sino más bien que he decidido agregar uno nuevo. Así, al mejor estilo Conrad en su Heart of Darkness, ahora, además de un Marlow, tengo otro narrador homodiegético, que enmarca una historia dentro de otra historia que, por supuesto, esconde otra historia siempre cada vez más oscura en el corazón mismo de todas las tinieblas de esa historia mayor. Y si aquí alguien piensa que me estoy enredando demasiado, imagínense cómo me sentí yo al descubrir todo esto hoy, ni bien me senté a trabajar en este escritorio. Así es, me sentí enredado, pero muy feliz. Porque no hay felicidad mayor ni nada más hermoso que estar novelando, como quien no quiere la cosa, y como si uno fuese un marinero navegando por el río Níger en dirección hacia las entrañas mismas de África, empezar a desatar nudos para poder, por fin, soltar las amarras y dejarse ir con la corriente. Adentrarse en lo desconocido en busca de mi Kurtz personal hasta encontrarlo y que este, moribundo, en su último suspiro y sabiendo que yo acabo de enredarme tanto con todos estos narradores, me mire y me diga aquello de: ¡El horror, el horror! Y yo, para tranquilizarlo, le diría que no se preocupe, que descanse en paz  porque seguramente, a medida que avance yo en la historia todo se va a aclarar o se va a oscurecer aún más, pero que lo importante es que pueda llegar hasta ahí, hasta ese corazón de las tinieblas que es el centro mismo de la historia, y luego poder volver para contarlo. Con eso me basta.

Día 18

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28 de mayo

Hay días que no sirven para nada. Hoy, sin ir más lejos, perdí gran parte de la mañana chusmeando el Facebook a ver que hacía la gente. Sentí asco de mí mismo, así que para compensar me dije que lo mejor sería ir hasta la biblioteca a buscar un par de libros que desde hace un tiempo quiero leer. Voy caminando a paso lento, disfrutando del paseo, intentando despejar los malos pensamientos de hace un rato. Es decir, quitándome de encima el asco que sentí hacia mi persona.

Cuando llego a la biblioteca, como no tienen los libros que venía buscando, me pongo a recorrer con la vista los anaqueles en busca de algo que me inspire. Al final saco en préstamo tres libros de autores que no me suenan nada para ver si descubro algo que me sorprenda.

Vuelvo a casa, me preparo unos mates y me siento un rato al sol, en el jardín (hay que aprovechar los días buenos, pienso). Me llevo los libros hojearlos, pero parece que el gran descubrimiento del 2018 tendrá que esperar.

Después de la sesión de vitamina D en el jardín, vuelvo al escritorio. A falta de una idea o de ganas vuelvo a mirar el Facebook. También leo el diario, miro el mail, la cuenta del banco y leo algún blog que me gusta.

Toda esa actividad me da hambre, así que voy a la cocina a abrir distraídamente la heladera para ver que puedo picar. Corto queso y un poco de pan. Caliento más agua para el mate y vuelvo al jardín y al sol. Creo que al final lo de escribir quedará para mañana. Para que sufrir.

Día 17

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24 de mayo

Últimamente cambio mucho de opinión. No es algo nuevo en mí, siempre tuve cierta tendencia hacia la indecisión. Pero en las últimas semanas, debo decir que he notado un preocupante incremento y me voy con el primero que me ofrezca un razonamiento contundente o un argumento sólido.

Por poner un ejemplo, no puedo decidir si las cosas en el mundo están bien o se están yendo al carajo (antes lo tenía bastante claro). Hay argumentos muy buenos de ambos lados.

En lo que respecta a lo personal, a lo íntimo, me persigue siempre esa nube tormentosa (no quiero usar un término técnico porque no viene al caso) que me impide decidir qué hacer con mi vida ¿Debería quedarme tranquilo donde estoy o debería irme, moverme? La decisión de cambiar siempre ha sido la más razonable, pero hoy dudo (raro). Mi preocupación es siempre la misma: temo quedarme atrapado entre dos aguas y no poder elegir ni una cosa ni la otra. El siempre tan temido Limbo me acecha. Porque lo que importa realmente no es el cambio en sí sino más bien la elección. La gente, muchas veces, piensa que lo que les cuesta es cambiar, que le dan miedo los cambios. Pero a decir verdad, lo que realmente les complica la existencia es esa parte en la que tienen que elegir. Es la elección entre dos o más opciones lo que más temen.

El mayor problema de toda esta situación, claro está, es que la indecisión se traslade al avance de la novela y no pueda, en un momento dado, elegir, por ejemplo, qué camino debería tomar la trama o que elecciones deberán afrontar mis personajes, etc. Al final no quisiera tener que recurrir a lo que yo llamo el camino Conan Doyle. Es decir, tener que optar por aquello de Elige tu propia aventura y que haya diferentes tramas y diferentes opciones para cada uno de los personajes. Y, por supuesto, muchos desenlaces posibles, todos igualmente buenos. Quisiera que si llego a ese límite sea sólo en mi vida. Me gusta mantener las opciones abiertas en lo personal. Me gusta la indecisión y me gusta tener que tomar decisiones; tener que elegir me da vida. Me activa las neuronas. Pero en lo que respecta a mis personajes no me atrevo a ponerlos en semejante situación. Eso de que los personajes, una vez creados, cobren vida y se muevan por sí solos me parece una negligencia. En mi caso prefiero que se ajusten al guión. Para las elecciones ya estoy yo y esa es la pata que mantiene de pie esta mesa.

Día 16

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20 de mayo

Durante mucho tiempo, como Proust, yo también estuve acostándome temprano. Y  parecía que eso era algo que incomodaba a la gente que me rodeaba. “¿A las diez en la cama?”, se sorprendían. Sí, y es que considero que la noche está sobrevalorada. Muchos hablan de la tranquilidad y del silencio que se experimentan por la noche, pero a ellos les digo que prueben a levantarse a las siete y se darán cuenta de que este silencio, apenas interrumpido por el trino de los pájaros, es un silencio mucho más audaz. Me atrevería a decir (porque también he vivido muchas noches y lo sé) que el aparente silencio de las noches, lo rompen unos ruidos mucho más perversos que ahora prefiero evitar.

Déjenme mis mañanas frescas y luminosas, dejen que me aleje de la oscuridad. Por la mañana todo es más sincero, nadie oculta sus miserias detrás del maquillaje. En una cara de dormido se pueden leer muchas cosas. Hay más verdad en la marca que deja una almohada sobre una mejilla que en muchas confesiones etílicas en la barra de un bar. En unos ojos hinchados se puede ver la historia de la humanidad. En un alegre “buenos días” y en el olor del pan recién hecho, o del café, puede estar encapsulada toda la felicidad.

Me gusta trabajar por las mañanas. Sentarme a escribir mientras, de fondo, escucho cómo se levantan las persianas de los negocios del barrio. Escucho a la señora de la florería que le da los buenos días al panadero. La vecina que saca sus perros a pasear y los pasos de la gente que va a trabajar me inspiran. El mundo desperezándose me inspira.

Por eso, ahora me voy a dormir que ya son las diez y cuarto y se está haciendo tarde. Mañana hay que madrugar así que apaguemos las velas. Espero que nadie se sorprenda o se sienta incomodo por esta confesión. Buenas noches.

Día 15

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12 de mayo

Ando pensando que no ando, pero ando andando. Ayer mismo me di cuenta de esto cuando andaba pensando que no andaba simplemente porque no estaba escribiendo. Pero enseguida pude confirmar que mis investigaciones sobre la meteorología y la climatología avanzaban. Es decir, andaban andando. Lo confirmé ayer cuando salí a pasear y a pensar, y en el paseo y me encontré, por casualidad, con un conocido que, a falta de algo mejor que decir, se le ocurrió hablarme del tiempo. Si el pobre hubiera sabido en que se metía estoy seguro de que se hubiese ahorrado el comentario. Porque, como pude comprobar, gracias a mis investigaciones sobre las ciencias climatológicas, yo ya no hablo del tiempo como algo al pasar; como para sacar conversación de donde no la hay. No. Ahora, el tiempo es para mí El Tema de conversación. Así que, ante su pregunta trivial sobre lo raro que estaba el tiempo ayer, contraataqué con una larga exposición sobre cómo las baja presiones barométricas y el descenso de los hectopascales provocarían, en las próximas horas, que aquellos nimbostratus que se veían en el horizonte se acercaran peligrosamente, para descargar fuertes precipitaciones.

Y creo que fue después de este último dato, cuando mi conocido me interrumpió bruscamente, asegurándome que tenía mucha prisa porque lo esperaban en una importante – e improbable, diría yo – reunión. Así que me dejó ahí, parado en la esquina. Y mientras lo veía alejarse pensaba yo, con una sonrisa, en el eficaz método que había encontrado para sacarme de encima a la gente que, a falta de un tema mejor, utiliza el tiempo para decir cualquier cosa.

Así que no puedo decir que no ande andando. Porque aunque no esté escribiendo puedo comprobar que avanzo. Y avanzo en muchos sentidos ya que ahora, además, gracias a mis investigaciones para la novela, no voy a verme más sorprendido por personas que me acosen con conversaciones sin importancia. Y después hay gente que dice que la literatura no sirve para nada.