Día 30

La historia del hilo – con los hilos en la masa

18 de agosto

Una cosa que me enseñaron los libros – si es que algo me enseñaron – es a leer siguiendo una especie de hilo que va cosiendo una obra con con otra (o un autor con otro), creando un tejido que parece no tener límites. La tela de araña de la literatura.

En cada autor que me gusta, encuentro lo que podrían ser migas en el camino; indicios de otras lecturas (algunas veces de manera muy explicita y otras no tanto) que me guían hacia la siguiente lectura. No son recomendaciones. Es más, diría que tiendo a evitar las recomendaciones (tanto a recibirlas como a darlas). Las preferencias literarias, como cualquier otra preferencia, son algo muy subjetivo. Evito, también, las recomendaciones editoriales o las que salen en los suplementos literarios, porque considero que la mayoría responden a intereses comerciales. Así que, como decía, me guío por las lecturas que se esconden detrás de los autores que más me interesan. Y es que me di cuenta de que allí están siempre, esperando agazapadas en algún rincón oscuro, las siguientes lecturas que me llevarán a próximas lecturas y así sucesivamente. Lo único que hay que hacer es buscar ese hilo que se desprende entre esas páginas y tirar de él.

Mediante este método, descubierto hace ya algún tiempo, he obtenido grandes recompensas. Me tropecé con maravillas – o lo que para mí son maravillas – literarias.

Gracias a Borges, por ejemplo, encontré La divina comedia o el Ulises de Joyce. A Cesare Pavese le debo haber leído Winesburg, Ohio de Sherwood Anderson o Babbit de Sinclar Lewis. A Ricardo Piglia, sin ir más lejos, le agradecería haberme presentado a Faulkner y a Kafka.

En los inclasificables y para mí tan formadores libros de Rodrigo Fresán encontré a Cheever, a Iris Murdoch o el indispensable Robertson Davies. Tambén gracias a él leí Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë o el Gran Gatsby, de Fitzgerald.

En los libros de Enrique Vila-Matas uno puede encontrar hilos de los que tirar hasta que se aburre. Gracias a esos hilos me enredé en autores como Walser, Perec, Pitol, Pessoa o Sebald.

Podría seguir pero no sigo. Basta con decir que ese hilo que atraviesa la literatura que me interesa puede que sea infinito, como la biblioteca de Borges o el universo. Lo que me lleva a pensar en la teoría de la intertextualidad, aquella que afirma que cada texto pertenece a una inmensa matriz en la que está conectado a todos los textos anteriores por la lectura y la escritura en común.

Por esta razón siempre me resisto a recomendar lecturas y a aceptar recomendaciones (aunque muchas veces no se pueden evitar si no se quiere ser grosero). Por la misma razón desconfío de las recomendaciones esas que afirman que estamos ante lo que quizás sea la obra del año, etc. Prefiero ceñirme a mis recomendadores oficiales que no necesitan recomendar sino que se limitan a dejar por ahí, entre sus páginas, una puntita casi imperceptible del hilo infinito para que, quien quiera y sepa buscar, pueda tirar de ella hasta que nos lleve adonde mejor le parezca.

Así que, cuando alguien me pide que le recomiende un libro, me limito a decirle que se remita a lo último que leyó y que le gustó. Una vez allí, lo único que tiene que hacer es buscar el hilo que se desprende de alguna de las lineas de ese texto y, cuando lo haya encontrado, no queda más que tirar (con mucha delicadeza para que no se corte) y esperar con paciencia a que este hilo le lleve a la siguiente lectura.

Por experiencia propia puedo decir que ese es un camino que no tiene pérdida. Y uno no debería tener miedo a seguirlo hasta el final, si es que hay uno.

Eso sí que lo recomiendo.

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Día 29

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10 de agosto

Muchas veces se me ha criticado cierta tendencia que tengo a cambiar. Los cambios siempre asustan y, al parecer, la gente que me rodea se siente amenazada por esta tendencia. Pero para tranquilizarlos, después de haber pensado mucho en ello, he llegado a la conclusión de que en realidad no es que esté yo todo el tiempo cambiando, sino que más bien lo que hago es comenzar. Empezar una y otra vez las cosas. Y como comenzar no es repetir, porque cuando comenzamos estamos obligados a empezar desde cero, parece que estoy todo el rato haciendo cosas diferente y cambiando. Pero no, comenzar no es lo mismo que cambiar. Comenzar, me atrevería a decir es avanzar, es crear y transformar. Y yo – siguiendo un poco aquello que decía Ezra Pound en su ensayo-artículo “How I Began” de que “el artista está siempre comenzando. Cualquier trabajo artístico que no sea un comienzo, una invención o un descubrimiento tiene poca valía”– lo que hago es estar siempre comenzando. Comienzo todo, todo el tiempo. Sin ir más lejos, creo que comencé el primer capítulo de la novela una doscientas cincuenta veces y, hasta ahora, pasar al segundo parece ser una empresa imposible. Pero no me preocupa porque sé que cuando lo empiece, lo volveré a empezar varias veces más y, estoy seguro, se me volverá a acusar de que estoy siempre cambiándolo, pero lo que es realidad estaré haciendo (como hacen los artistas, según Pound) es estar siempre comenzando. Así que les digo a aquellos que me acusan de cambiante que, la próxima vez que me mude de ciudad o que cambie de ideas o de trabajo, no será, como ellos creen, porque tenga cierta tendencia al cambio, sino porque soy un artista y, como buen artista, siempre me preocupo por estar comenzando, inventando o descubriendo para ver si mi obra pueda llegar a tener alguna vez cierta valía.

Y ahora me voy para así poder comenzar algo, cualquier cosa, para darle forma de obra de arte.

Día 28

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31 de julio

Hoy, mientras estaba sentado, exagerando en mi cuaderno algunas ideas para la novela, me acordé de aquella frase de La náusea, de Jean-Paul Sartre: “Pienso que éste es el peligro de llevar un diario: se exagera todo, uno está al acecho, forzando continuamente la verdad.”

Inmediatamente, dejé de hacer lo que estaba haciendo para ponerme a escribir estás líneas y, de paso, copiar la frase de Sartre en mi diario. Porque me di cuenta de que, cambiando quizás el tono melancólico que utiliza el autor francés (no olvidemos que, en un principio, La náusea iba a llamarse “Melancolía” y que gracias a Gallimard nos salvamos de ese horrible nombre), lo que en realidad se podía leer de fondo en esa frase era una excelente definición de lo que es la ficción, o lo que al menos representa para mí. Así que reformulé la frase, con permiso de Sartre. Pienso, me dije, que éste es el modo de escribir ficción: exagerándolo todo, estando al acecho y forzando continuamente la realidad.

Cuando terminé de escribir esa frase, me eché hacia atrás, dejando caer todo el peso sobre el respaldo de la silla, como si me quisiera obsequiar con un merecido descanso por haber encontrado mi fórmula perfecta para crear ficción. Pero enseguida me di cuenta de que no era para tanto y volví al trabajo. A veces a uno lo golpean ciertos aires de grandeza que lo único que terminan por hacer es dejarnos despeinados.

Así que viéndome despeinado y ridiculizado por el aire de la grandeza, abrí el cuaderno en el que estaba trabajando antes de que me interrumpiese la frase de Sartre, me acomodé los poco pelos que me quedan en la cabeza y seguí desde donde la había dejado. Y como una frase lleva a la otra, me acordé también de algo que leí en algún lado, donde alguien hablaba de esos escritores a los que no les importa andar despeinados por los aires de grandeza y que, en lugar de preocuparse por escribir y seguir mejorando, se preocupan más por andar agrandando su figura. La frase decía algo así como que hay grandes escritores y escritores buenos, yo prefiero ser de los segundos.

Y como yo también prefiero ser de los segundos, lo mejor es seguir trabajando y conservan un peinado más o menos decente. No sea cosa que me confundan con Trump.

Día 27

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28 de julio

El día de hoy se cierra con un fuerte dolor de cuello por haber estado demasiadas horas delante del azul eléctrico de la pantalla. Y como resultado, han quedado apenas algunas páginas completamente prescindibles que, probablemente, mañana cuando las relea acaben en la papelera. Pero en lugar de seguir quejándome, prefiero disfrutar de la recompensa que siempre me queda al terminar el trabajo. Ahora ya puedo sentarme a leer tranquilo, por placer, sin la presión del que trabaja. Me quedan pocas páginas para terminar “Los adioses” de Juan Carlos Onetti. Una maravilla. Así que dejemos de lado la frustración y despidamos el día como se merece. Leyendo.

Y como siempre suele hablarse de la importancia de los comienzos en las novelas y de las primeras frases, me despido transcribiendo la primera frase de este magnífico libro que, me parece, es la primera frase más misteriosa que he leído hasta ahora.

“Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas, y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada”. 

Me despido.

Adioses.

Día 26

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24 de julio

Si tuviera que decirlo, diría que a Bilbao me llevaron la casualidad y un libro de Roberto Arlt que conseguí unos días antes en una librería de segunda mano. El libro se llama Aguafuertes vascas y está compuesto por una serie de artículos que Arlt escribió en los años treinta, en un viaje por España; una especie de continuación de sus Aguafuertes porteñas.

Yo había decidido, en realidad, pasar unos días de vacaciones en Barcelona, visitando amigos. Pero al final salí de allí espantado, escapando de las aguafuertes turísticas que arrasan con todo.

Salí de allí con la idea de escapar bien lejos, pero sobretodo de ir a la contra. Es decir, a contracorriente de esa aguafuerte tan devastadora que es el turismo de masas.

Llegué a la estación de Sants agotado por el calor, por lo que decidí que, antes de buscar un tren que me llevase lo más lejos posible, lo mejor sería sentarme en un bar y tomarme algo fresco para reponerme del ajetreo de la ciudad que acababa de atravesar.

Y mientras esperaba que me trajesen mi bebida, y para distraerme un poco (y empezar así a alejarme de todo), abrí el libro que llevaba conmigo y fue allí donde me encontré con algo que me hizo decidir adónde iría a continuación. Era un fragmento en el que Arlt entablaba conversación con algunos vascos que viajaban en su mismo vagón de tren, en dirección a Bilbao. Leí esto:

<< – ¿Usted ha comido alguna vez en Bilbao?

  • No.

[…]

  • Pues cuando coma en Bilbao, se volverá loco.

Conclusión que no puede menos de sumergirme en divagaciones melancólicas. ¿Qué será de mí si enloquezco en Bilbao?>>.

No me hizo falta leer más para saber que quería irme directo a comer en Bilbao y que, quizás, no estaría mal volverme loco, allí, por la comida, en lugar de volverme loco, aquí, por el turismo. Así que terminé mi bebida y corrí a comprar un billete en el primer tren que saliera para Bilbao.

Acompañado por las Aguafuertes vascas de Arlt y por un montón de pasajeros que viajaban conmigo en el mismo vagón empecé mis vacaciones que terminaron siendo inmejorables.

Comí en Bilbao hasta volverme loco y, además, siguiendo con mi intención de ir siempre a la contra, caminé un tramo del camino de Santiago, que pasa cerca de la ciudad, pero lo hice en dirección contraria; es decir que, en lugar de caminar hacia Santiago, caminé en dirección a San Sebastián y me crucé con muchísimos peregrinos que me miraban extrañados e incluso alguno llegó a preguntarme que por qué iba hacia el otro lado, y yo les contesté de tanto comer en Bilbao me había vuelto loco y creía que me había dejado algo en San Sebastían.

Así fueron mis vacaciones que terminaron por ser todo lo que esperaba. Unas buenas vacaciones a la contra y comer hasta enloquecer.

Qué más puedo pedir.

Día 24

 

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4 de julio

Hoy no me da vergüenza aceptar que tiendo a exagerarlo todo. Pero no puedo decir que siempre haya sido así. Y es que antes (quiero decir, antes de que me diera cuenta de que tiendo a exagerarlo todo) no sabía que tenía esta tendencia.

Llegué a esa conclusión esta misma semana, mientras revisaba unos textos que había escrito hace tiempo (algo que me horroriza porque me hace sentir, esto sí, mucha vergüenza) en busca de información que quería utilizar para algo que estaba escribiendo y que no recordaba.

Mientras revisaba esos viejos textos me dio por reflexionar sobre cómo mi escritura ha ido transformándose, mutando hacia lo que hoy es. Y me fijé, principalmente, en que si hay algo que la caracteriza es que, a pesar de que siempre lo ha sido bastante, ahora se ha vuelto más exagerada, o al menos eso me pareció.

Pero lo más interesante es que de esta reflexión salté a otra que también me ha resultado curiosa. Y es que, al pensar en el porqué de ese carácter exagerado de mi escritura, me di cuenta de que muy bien puede estar relacionado con algo que durante muchos años me inquietó. Me refiero a esa idea que se tiene, aquí en España, de que los argentinos somos, en general y por encima de todo, muy exagerados. Una idea que siempre me llamó la atención desde llegué a España, hace ya muchos años.

Digo que me llamó la atención porque de esa idea de la exageración no tenemos conocimiento los argentinos hasta que no venimos a España. No sabemos en Argentina nada de esa rasgo de nuestro carácter.

Esto me llamó, como decía, tanto la atención, que durante muchos años, mientras estaba aquí en España, me dediqué a preguntarle a la gente que iba conociendo por qué consideraban que los argentinos eramos exagerados. Muchos no supieron darme respuestas que me aclarasen del todo las dudas. Pero sí que hubo un amigo que me lo resumió bastante bien. Me dijo mi amigo, mientras estábamos tomando unas cervezas en un bar del barrio del Raval, en Barcelona: “Supongamos que entra un español en un bar y quiere pedir una caña. Este diría algo así como <<ponme una caña>> o quizás simplemente <<una caña, por favor>>. Ahora supongamos que entra un argentino con el mismo propósito, ¿qué diría? Pues algo así como: <<Disculpe, por favor, sería usted tan amable, si no es mucha molestia, y me pone una caña. Se lo agradecería infinitamente. Muchas gracias>>. Pero eso no es todo”, continuó mi amigo, “después de que el camarero le pusiese la caña, diría además algo así como: <<Qué caña más linda, che. ¡Tiene pinta de estar riquísima y fresquita! ¡Qué maravilla!>>.

Por supuesto que mi amigo también estaba exagerando y así lo entendí. Pero quitando el sobrante de todo aquello que dijo, había en esa reflexión mucho de cierto. Y yo le contesté que el exceso de amabilidad y buen trato eran claros signos de buena educación y nunca estaban de más. Y él me respondió que estaba yo en lo cierto, pero que no por eso era menos exagerado.

Ahí se acabó la discusión y pasamos a otros temas y a disfrutar de nuestras cervezas que sí que estaban muy ricas y fresquitas, aunque puede que exagere.

Durante mucho tiempo olvidé aquella charla con mi amigo en Barcelona, hasta el otro día cuando, buscando otra cosa que nada tenía que ver con esto, me di cuenta del carácter exagerado de mi escritura y de su transformación y mutación hacia algo que perfectamente podría llamarse meta-ficción exagerada. Y fue ahí cuando dejé de buscar lo que estaba buscando y, olvidándome de la vergüenza que me daba leer lo que escribí hace tiempo, empecé a buscar patrones que me llevasen a reconocer mi tendencia tan argentina a exagerarlo todo. Y puedo decir, no sin algo de orgullo, que encontré algunas cosas bastante exageradas. Es más, me di cuenta incluso de que exagerar era algo que también había hecho mucho en mi novela anterior ya que recordé varias veces en las que, mientras la estaba escribiendo, le di a B. algunos capítulos para que me los corrigiese y, al preguntarle que le parecieron, ella me respondió que les parecían totalmente exagerados (y eso que B. es también bastante exagerada, aunque de argentina no tiene ni un pelo), pero que le encantaban.

Hoy me doy cuenta de que había en aquellas exageraciones (y en estas) mucho de intención y quizás algo de guiño a mi amigo de Barcelona. Hasta me atrevería a decir que hoy exagero todo un poco más que antes y que quizás, en mi próxima novela, todo aparezca mucho más exagerado. Quién sabe.

Pero no me da vergüenza afirmar ahora que exagero y, si me presionan, diría que abrazo la exageración como forma de vida. Espero no ser demasiado exagerado.

Día 23

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27 de junio

Cada vez me convenzo más de que hay escritores por todos lados. Se esconden detrás de las fachadas más insólitas y curiosas, para aparecer cuando uno menos se lo espera.

Hoy, sin ir más lejos, tuve un extraño encuentro con uno en el café de mi barrio. Ese café en el que me gusta sentarme a escribir y al que voy varias veces por día. El mismo café en el que, como ya escribí anteriormente, siempre entro con temor a que un día el dueño se harte y termine por preguntarme sobre el porqué de esa extraña actitud mía de ir allí, varias veces por día, sentarme en una mesa apartada (en lo posible siempre la misma), cerca de la ventana, y una vez acomodado allí, quedarme pensativo mientras lo observo todo sin observar realmente nada. O preguntarme, quizás, por esas otras veces en las que, inclinado demasiado sobre este cuaderno en el que ahora escribo estas lineas y, en una actitud de extrema concentración (mordiéndome la lengua hasta casi hacerme mal) me río solo mientras escribo como poseído.

Tengo temor no solo a que me pregunte, sino más bien a tener que responderle algo que le resulte tan extraño que me crea un loco perdido y termine por echarme de allí.

Y, por un momento, hoy fue el día en que todos esos temores se hicieron realidad. Sucedió lo que tanto me esperaba que sucediera, aunque no sucedió como me lo esperaba. Hoy, el dueño, por fin se ha acercado sin traer en sus manos el café de siempre. Y, en cuanto lo he visto venir directo hacia mí, con el ceño fruncido, he sabido que el momento había llegado y todo mi mundo se ha tambaleado por unos instantes. Casi estuve apunto de levantarme y salir de ahí yo solito, antes de que me echasen. Pero apenas me dio tiempo a cerrar el cuaderno cuando el dueño llegó hasta la mesa y me preguntó, sin más preámbulos, si era escritor. La pregunta me dejó tan desconcertado que lo único que atiné a responderle fue algo que recordé que un amigo me había recomendado decir en caso de que algo así sucediera.

“Pincha, rompe, pierde, paga”, le dije, y me quedé mirándolo unos segundos, ahora sí, con verdadero temor a que me sacara del bar a empujones por pirado. Pero para mi sorpresa su réplica me dejó aún más descolocado que su pregunta anterior. “Escribir en un bar es como quedarse dormido escuchando la radio”, me dijo. Y, como no entendí en absoluto lo que me había querido decir, me di cuenta enseguida de que había encontrado otro amigo con el que compartía afinidades. Porque no entender era precisamente lo que andaba yo buscando y así se lo dije. Y él, por supuesto, se echo a reír a carcajadas y la enorme panza que ostenta empezó a sacudir el delantal que tenía atado a la cintura.

Acto seguido, me invitó una cerveza que amablemente tuve que tomarme, aunque eran las diez de la mañana, porque rechazarla me pareció un gesto descortés para con mi nuevo amigo. Después, me contó que él también era escritor y que, en sus ratos libres, se le había ocurrido regentar un café. Dijo esto y soltó otra carcajada con sacudida de panza.

Me dijo que su mayor afición eran los aforismos, pero que no descartaba escribir una obra en la que conviviesen, de manera natural, los aforismos con la narrativa. Un obra como la de Oscar Wilde, me dijo, y me confesó que el irlandés era uno de sus escritores favoritos.

Para este momento, él ya estaba sentado en mi mesa con una cerveza adelante y yo un poco mareado con la segunda. Estuvimos así un rato, tomando cerveza y charlando sobre Oscar Wilde y sobre aforistas que yo desconocía completamente.

Después volví a casa muy contento y zigzagueando. Ahora tenía un nuevo amigo, un lugar fijo para escribir sin temor a que me echasen y una borrachera bastante importante. Volví tambaleante y pensando que, después de Paterson, Óscar (así me dijo que se llamaba, aunque no sé si se lo había inventado) era el segundo escritor que aparecía donde menos me lo esperaba y oculto tras una fachada curiosa.

Habrá que seguir buscando.

Día 22

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20 de junio

Esta mañana, mientras estaba corrigiendo unas páginas que escribí ayer por la noche, me interrumpió el timbre. Una interrupción que, a pesar de lo que puede esperarse, fue recibida con alegría por dos motivos: el primero, porque lo que estaba haciendo era un trabajo bastante tedioso; el segundo, porque quien había tocado el timbre era mi amigo Paterson, el repartidor de agua (como ya expliqué con anterioridad en este diario, Paterson no se llama Paterson pero se parece muchísimo en todos los sentidos a ese personaje de la película Paterson de Jim Jarmusch), que precisamente venía a traerme la caja de agua embotellada como cada semana.

Se lo veía agotado. De la frente le caían gotas de sudor que se secaba con un pañuelo blanco, de tela. Un gesto antiguo que me llamó la atención. Un gesto que bien podría atribuírselo a mi abuelo. Un gesto de alguien mayor, aunque Paterson no tiene más de cuarenta, estoy seguro.

Al verlo en esas condiciones de agotamiento, le pregunté si es que había tenido mucho trabajo durante la mañana debido a la llegada del calor y al inminente verano. Me respondió que sí, pero que a pesar del aumento del trabajo y del calor, él se alegraba muchísimo de la llegada de estas fechas y estas temperaturas. “En el verano”, me dijo, “por alguna extraña razón, escribo mucho más”.

De hecho, me contó mientras se tomaba el café y el vaso de agua que yo le había invitado, ahora estaba trabajando en una serie de Haikus: “Los Haikus de verano”, me dijo sacando su cuaderno de poemas del bolsillo.

“No soy muy adepto a las formas”, comentó, “pero la precisión y la concentración del Haiku me inspiran”.

Después me leyó varios de los Haikus que había escrito y que me parecieron muy buenos. Precisos y acertados. Uno me quedó particularmente grabado y me gustaría reproducirlo aquí.

Al calor feroz

los labios agrietados

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Después lo despedí, como de costumbre, desde la puerta de calle. Él me saludó con una mano y con la otra sacó el pañuelo y, con ese gesto antiguo, se secó el sudor de la frente antes de subirse al camión. Y mientras se alejaba, no pude evitar acordarme de mi abuelo y de todos esos veranos que pasé en su casa. Veranos maravillosos, bajo el calor feroz y con labios agrietados.

Día 20

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11 de junio

Me di cuenta hace algunos días de que no soy un escritor de escritorio. Soy más bien un escritor de andar o un escritor de cafeterías. Me explico: me sucede, la mayoría de las veces, que lo que se me ocurre para escribir me viene cuando estoy caminando, en uno de mis frecuentes paseos, o cuando estoy en la cafetería de la esquina de casa a la que siempre voy a escribir. El ambiente de la cafetería hace que, a pesar del ruido, me concentre y se me ocurran buenas ideas. Lo mismo me sucede cuando estoy paseando. Y aunque a quien me vea podría parecerle que voy observándolo todo con atención, en cambio, lo que me sucede es que voy inventándome cosas y muchas veces hasta hablando solo.

Siempre que vuelvo de esas caminatas o de la cafetería de la esquina de casa, me siento en el estudio a escribir, lleno de ideas. Algunas de ellas las tengo apuntadas en un cuadernito que llevo conmigo para todos lados. El problema viene precisamente cuando abro la computadora o el cuaderno en el que escribo. Es ahí, cuando empiezo a descargar toda la información, el momento en que la cosa empieza a diluirse y se va evaporando hasta quedarse en un par de párrafos que luego habrá que retocar. Todas esas ideas que creía magnificas y que se elevaban y flotaban con elegancia, de repente, pierden fuerza y energía. Y para colmo de males, yo quedo agotado, como si me hubiese pasado varias horas escribiendo.

Lo bueno es que he descubierto que la operación de salir a pasear o de ir a la cafetería funciona sin importar las veces que la repita. Siempre da resultado. Así que lo que hago es pasarme el día entrando y saliendo de casa. Yendo y viniendo. Salgo de casa, doy una vuelta por el barrio y después voy al bar y me siento a apuntar cosas en el cuadernito.

Supongo que el hombre del bar pensará que estoy medio loco ya que aparezco por allí varias veces al día y cada vez repito la misma operación: me siento en la mesa que está al lado de la ventana (si no está ocupada) y me pongo a escribir en el cuadernito mientras me muerdo la lengua. Hasta ahora nunca se atrevió a preguntarme nada, por suerte. Pero noto que me mira con curiosidad y sé que uno de estos días se va a animar y me va a preguntar. Y ahí voy a tener que atreverme yo a decirle que lo que hago es venir al bar para poder “irme”. Que cada cierto tiempo, tengo que salir de casa para que las ideas se muevan y se eleven. Es como si tuviera una de esas bolas de cristal que simulan un paisaje con nieve, le diría al señor del bar, y, cada tanto, no me queda otra que agitarla para que la nieve (las ideas) se eleve y flote hasta quedar suspendida en el liquido durante varios segundos antes de asentarse nuevamente y que todo quede en calma. Esa es la metáfora que usaría para explicarle al señor del bar por qué voy allí a cada rato y me siento en esa mesa a escribir en el cuadernito mientras me muerdo la lengua. El tema es que si le digo eso, ahí sí que, seguro, pensará que estoy medio loco o loco del todo y, quizás, no me deje volver a entrar porque tendrá miedo que un día agite demasiado las ideas en su bar y haga alguna locura. Por eso creo que voy a tener que inventarme otra metáfora menos extraña, porque sino corro el riesgo de no poder volver y ahí a ver cómo me las arreglo para agitar la bola de nieve y que todo se eleve y flote. Me arriesgo demasiado a que todo se quede completamente en calma. Un paisaje con la nieve bien asentada. Aunque siempre me quedarán los paseos. Pero para qué arriesgar. Es mejor decirle que soy un adicto al café y que para disimular mi adicción hago como que escribo, concentrado. Para que no se note. Seguro que ahí se queda más tranquilo.

Día 19

 

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2 de junio

Hoy es un buen día para novelar. Digo esto porque, apenas me senté hace un rato a trabajar, se me ocurrió la idea de agregar otro narrador a la novela. No digo que haya cambiado el que ya tenía, sino más bien que he decidido agregar uno nuevo. Así, al mejor estilo Conrad en su Heart of Darkness, ahora, además de un Marlow, tengo otro narrador homodiegético, que enmarca una historia dentro de otra historia que, por supuesto, esconde otra historia siempre cada vez más oscura en el corazón mismo de todas las tinieblas de esa historia mayor. Y si aquí alguien piensa que me estoy enredando demasiado, imagínense cómo me sentí yo al descubrir todo esto hoy, ni bien me senté a trabajar en este escritorio. Así es, me sentí enredado, pero muy feliz. Porque no hay felicidad mayor ni nada más hermoso que estar novelando, como quien no quiere la cosa, y como si uno fuese un marinero navegando por el río Níger en dirección hacia las entrañas mismas de África, empezar a desatar nudos para poder, por fin, soltar las amarras y dejarse ir con la corriente. Adentrarse en lo desconocido en busca de mi Kurtz personal hasta encontrarlo y que este, moribundo, en su último suspiro y sabiendo que yo acabo de enredarme tanto con todos estos narradores, me mire y me diga aquello de: ¡El horror, el horror! Y yo, para tranquilizarlo, le diría que no se preocupe, que descanse en paz  porque seguramente, a medida que avance yo en la historia todo se va a aclarar o se va a oscurecer aún más, pero que lo importante es que pueda llegar hasta ahí, hasta ese corazón de las tinieblas que es el centro mismo de la historia, y luego poder volver para contarlo. Con eso me basta.