Día 22

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20 de junio

Esta mañana, mientras estaba corrigiendo unas páginas que escribí ayer por la noche, me interrumpió el timbre. Una interrupción que, a pesar de lo que puede esperarse, fue recibida con alegría por dos motivos: el primero, porque lo que estaba haciendo era un trabajo bastante tedioso; el segundo, porque quien había tocado el timbre era mi amigo Paterson, el repartidor de agua (como ya expliqué con anterioridad en este diario, Paterson no se llama Paterson pero se parece muchísimo en todos los sentidos a ese personaje de la película Paterson de Jim Jarmusch), que precisamente venía a traerme la caja de agua embotellada como cada semana.

Se lo veía agotado. De la frente le caían gotas de sudor que se secaba con un pañuelo blanco, de tela. Un gesto antiguo que me llamó la atención. Un gesto que bien podría atribuírselo a mi abuelo. Un gesto de alguien mayor, aunque Paterson no tiene más de cuarenta, estoy seguro.

Al verlo en esas condiciones de agotamiento, le pregunté si es que había tenido mucho trabajo durante la mañana debido a la llegada del calor y al inminente verano. Me respondió que sí, pero que a pesar del aumento del trabajo y del calor, él se alegraba muchísimo de la llegada de estas fechas y estas temperaturas. “En el verano”, me dijo, “por alguna extraña razón, escribo mucho más”.

De hecho, me contó mientras se tomaba el café y el vaso de agua que yo le había invitado, ahora estaba trabajando en una serie de Haikus: “Los Haikus de verano”, me dijo sacando su cuaderno de poemas del bolsillo.

“No soy muy adepto a las formas”, comentó, “pero la precisión y la concentración del Haiku me inspiran”.

Después me leyó varios de los Haikus que había escrito y que me parecieron muy buenos. Precisos y acertados. Uno me quedó particularmente grabado y me gustaría reproducirlo aquí.

Al calor feroz

los labios agrietados

agua esperan

Después lo despedí, como de costumbre, desde la puerta de calle. Él me saludó con una mano y con la otra sacó el pañuelo y, con ese gesto antiguo, se secó el sudor de la frente antes de subirse al camión. Y mientras se alejaba, no pude evitar acordarme de mi abuelo y de todos esos veranos que pasé en su casa. Veranos maravillosos, bajo el calor feroz y con labios agrietados.

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Día 19

 

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2 de junio

Hoy es un buen día para novelar. Digo esto porque, apenas me senté hace un rato a trabajar, se me ocurrió la idea de agregar otro narrador a la novela. No digo que haya cambiado el que ya tenía, sino más bien que he decidido agregar uno nuevo. Así, al mejor estilo Conrad en su Heart of Darkness, ahora, además de un Marlow, tengo otro narrador homodiegético, que enmarca una historia dentro de otra historia que, por supuesto, esconde otra historia siempre cada vez más oscura en el corazón mismo de todas las tinieblas de esa historia mayor. Y si aquí alguien piensa que me estoy enredando demasiado, imagínense cómo me sentí yo al descubrir todo esto hoy, ni bien me senté a trabajar en este escritorio. Así es, me sentí enredado, pero muy feliz. Porque no hay felicidad mayor ni nada más hermoso que estar novelando, como quien no quiere la cosa, y como si uno fuese un marinero navegando por el río Níger en dirección hacia las entrañas mismas de África, empezar a desatar nudos para poder, por fin, soltar las amarras y dejarse ir con la corriente. Adentrarse en lo desconocido en busca de mi Kurtz personal hasta encontrarlo y que este, moribundo, en su último suspiro y sabiendo que yo acabo de enredarme tanto con todos estos narradores, me mire y me diga aquello de: ¡El horror, el horror! Y yo, para tranquilizarlo, le diría que no se preocupe, que descanse en paz  porque seguramente, a medida que avance yo en la historia todo se va a aclarar o se va a oscurecer aún más, pero que lo importante es que pueda llegar hasta ahí, hasta ese corazón de las tinieblas que es el centro mismo de la historia, y luego poder volver para contarlo. Con eso me basta.

Día 14

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7 de mayo

Trabajo. Estudio. Leo. Releo. Busco en el archivo del pasado (fotos, textos, recuerdos) cosas que me sacudan para ver si se me cae una idea; material que pueda utilizar en la novela. Finalmente parece que algo se mueve y escribo. No mucho, pero ya se sabe o se intuye que un poco ya es mucho.

Lo que escribo no es exactamente un capítulo; ni siquiera diría que es una escena completa. Es otra cosa ¿un pensamiento?, ¿una idea? Es algo que, de algún modo oscuro por ahora para mí, está conectado con la historia. Y así desemboco en un par de párrafos reflexivos. Párrafos que aún no se ni cómo ni dónde encajarán, pero sé que me gustaría incluirlos en la historia. Probablemente se lo adjudique a alguno de los personajes.

Una vez terminado y agotado el momento de inspiración (o quizás sería más adecuado llamarlo momento de “exhalación” ya que ha sido como largar un gran suspiro hasta desinflarme, como un globo pinchado, y quedar arrugado y triste) ese ¿pensamiento?, ¿idea? se queda guardado en la carpeta dentro de la carpeta dentro de la carpeta. Carpeta Novela. Carpeta Vidas Pasadas. Carpeta Extras importantes (esa carpeta donde va a parar todo lo que no sé dónde meter, pero intuyo que en algún momento lo sabré). Ahí se quedará, quién sabe por cuánto tiempo, esperando el momento indicado en que su autor llegue a ese punto de la historia en el que se enciende, como un cartel de luces de neón en una oscura ruta secundaria, la señal que nos guía hacia esa carpeta “Extras importantes”.  Y es ahí, en ese preciso instante, cuando por fin esos ¿pensamientos?, ¿ideas? emergen para encajar en el todo. Ese es el destino que les espera a algunos de esos textos sueltos; otros, en cambio, acabarán en la papelera o, con suerte, puedan ser  reciclados en alguna otra historia. Mientras tanto, creo que es bueno que esa carpeta siga creciendo y engordando. Porque me gusta pensar que la literatura y la vida están llenas de cosas que uno no sabe dónde deberán ir pero que en algún momento parecen encajar a la perfección en el todo. Cosas así…”Extras importantes”.

 

 

Día 13

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3 de mayo

“La literatura no es autobiografía en código, y no es acontecimientos reales. No estoy escribiendo mi autobiografía y no escribo cosas según me sucedieron, excepción hecha del uso de ciertos detalles: tormentas y ese tipo de cuestiones. No, no es nada que me haya sucedido. Es tan sólo una posibilidad. Es una idea.”

JOHN CHEEVER

Por mi parte, nada que agregar.

 

Día 4

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10 de abril

Lo importante es avanzar todos los días un poco, me digo.  Y, aunque no escribo, sí que avanzo en mis investigaciones. Ahora, por ejemplo, he dejado un poco de lado todo lo relacionado con los detalles técnicos de las travesías por el atlántico (empecé a sentirme un poco mareado, quizás sea el mal de mar) y, en cambio, comencé a sumergirme en el misticismo, en las artes esotéricas y en la pseudociencia.

Esto se debe a que, pensándolo bien, ya que el título de la novela tiene connotaciones místicas, debería tal vez empezar mis investigaciones por ahí. Al menos, me dije, yo debería ya tener claro cuál es mi punto de vista al respecto. Es decir, de qué hablo cuando hablo de vidas pasadas.

Me doy cuenta de que el tema místico es un tema relevante en la novela. Pero cuando reflexiono al respecto, siento que a pesar de que ya debería tener una idea formada al respecto, aún me quedan ciertas dudas. Al igual que con la religión, siempre fui bastante agnóstico en lo concerniente a todo lo que tuviese un matiz místico. Y es que mi mente lógica, ante cualquier amenaza de misticismo, busca desesperadamente (y las encuentra) mil razones sobre porqué esto o aquello no puede ser cierto. Pero al final, en el fondo, allí, en esas profundidades oscuras e impenetrables, siempre hay un “puede ser” latente dentro de mí. Y eso quizás se deba a que no me gusta cerrar ninguna puerta (y además no me gusta estar equivocado, por lo que siempre preferí dejar abierta esa posibilidad por si acaso, en algún momento, me encuentro en una situación sobrenatural). También, ahora que lo pienso, puede que se deba a mi afición de leer mucho a Poe. Quién sabe.

En todo esto pienso para no pensar en que se me está acabando este cuaderno y debería salir de casa a comprar otro. Pero es que el día está tan horrible con esa llovizna molesta, ese viento intolerable y ese frío completamente desubicado, que se empeña en no dejar llegar la tan esperada primavera, que el solo hecho de pensar en sacarme el pijama, ducharme y salir a la calle, me hace creer que tal vez, en alguna vida pasada, yo fui un habitante de alguna zona tropical de esas en las que nunca habría tenido que vivir la experiencia de salir a la calle con un tiempo como este.

Por eso decido quedarme en casa y reciclar algunas hojas en caso de que sea necesario.

Día 3

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6 de abril

Se dice del periodista y escritor Stephen Crane (Newark 1871- Badenweiler 1900) que en muchos de sus escritos anticipó, de alguna manera, sucesos que posteriormente viviría en carne propia. Escribió, por poner un par de ejemplos, sobre los suburbios de Nueva York y sus habitantes, mientras aún cursaba su estudios en la Universidad de Syracuse, sin saber aún que posteriormente llegaría a investigar minuciosamente la vida de los bajos fondos del Bowery. Escribió, también, un retrato vívido de los horrores en el campo de batalla, cuando aún no había participado en ninguna guerra, algo que sí experimentaría años después como corresponsal en la guerra entre griegos y turcos.

La cuestión es que, mientras leo sobre la vida de Crane y sus textos premonitorios, descubro, no sin sorpresa, que al menos en dos ocasiones en los últimos meses, había yo experimentado algo similar. Por supuesto que no tengo intenciones de comparar aquí mi vida, más bien monótona y aburrida, con la del audaz y aventurero escritor norteamericano, como tampoco pretendo equiparar mis torpes textos con su magnífica y prolífica (y, ahora también lo sé, premonitoria) obra. Simplemente me pareció curioso y algo inquietante encontrar cierto paralelismo en algunas situaciones en las que me vi involucrado.

La primera situación a la que me refiero sucedió hace un par de meses, en mi última visita a Buenos Aires. Algunas semanas antes de viajar (incluso de saber que estaba por hacer ese viaje) se me ocurrió escribir un texto, ficcionando mi regreso a la ciudad.

La intención era relatar la relación que mantengo con la ciudad desde que vivo fuera; la sensación de volver a algunos lugares después de tantos años y encontrármelos tan cambiados. Cosas por el estilo. En el texto aparecía yo como personaje, caminando por las calles de un barrio que nunca había sido mi barrio pero que me servía perfectamente como escenario para lo que quería mostrar. Visitaba también un café (que existe realmente y que, dicho sea de paso, me parece unos de los rincones más encantadores) en el que supuestamente yo desayunaba todas las primeras mañanas, en cada una de mis visitas a la ciudad, como manteniendo una especie de ritual.

Quiso quizás el destino que esta vez, al aterrizar en Buenos Aires, fuese directamente a visitar a mi madre (quien casualmente vive ahora en ese barrio sobre el que yo había escrito) y que, al llegar a su casa, ella tuviese la magnífica idea de invitarme a desayunar a ese café tan pintoresco del que hablaba anteriormente. Hasta aquí todo podría considerarse una alegre coincidencia, pero sucedió – y esto no me lo esperaba – que, luego de desayunar, a mi madre se le ocurrió que tenía ganas de dar una vuelta por el barrio y mostrarme lo mucho que había cambiado todo desde que yo me había ido. Me paseó por lugares que yo nombraba en el texto, como la plaza del barrio o la estación del tren, para enseñarme el contraste de esos dos lugares, que se mantienen como antaño, con los otros que tanto se han transformado.

Por supuesto, lo primero que pensé fue que ella había leído mi relato y estaba intentando reproducirlo para mí. Pero cuando se lo pregunté me respondió que, aunque le encantaría leer lo que yo escribo, ella ya no ve tan bien y le cuesta muchísimo eso de meterse en Internet y leer en la pantalla. <<Igual>>, dijo, <<yo no necesito leer lo que escribe mi hijo para saber que escribe muy bien>>. Y así zanjó la conversación que enseguida tomó otro rumbo.

Todo hubiese quedado en esta simpática anécdota sino fuese porque, una semana después, me encontré casualmente con un amigo que hacía muchos años que no veía, y al que yo había utilizado, sin que él lo supiera, como personaje en mi última novela. En la historia, mi personaje perdía el camino, por así decirlo, después de haber tenido unos problemas personales. Todo ficción, claro. Nada sabía de la vida de este amigo desde hacía, como ya dije, muchos años. Tampoco sabría decir cómo se me ocurrió utilizarlo como personaje, pero así somos los escritores, sacamos material de cualquier lado. El caso es que después intercambiar los saludos pertinentes con mi amigo, lo invité a tomar una café y fue ahí cuando escuché su historia. Me contó que hacía unos años atrás, debido a unos “problemitas” con las drogas, había “perdido un poco el camino” (usó, para mi sorpresa, esas exactas palabras) y había estado, me dijo, algo desequilibrado.

Mientras él me contaba todo esto yo intentaba captar algún gesto que me indicara que todo era una broma, pero a decir verdad no percibí nada. Es más, mi amigo parecía más bien serio y preocupado por la situación que le había tocado vivir.

Todo lo que me contó tenía un sospechoso parecido con lo que yo había escrito en aquella historia, por eso ahora, el que verdaderamente estaba preocupado era yo. Y es probable que mi preocupación se notase en mi aspecto ya que mi amigo en seguida me preguntó si me sentía bien. Y gracias a esa pregunta logré escaparme de esa situación incómoda, contestándole que la verdad es que no me sentía muy bien y que debía estar todavía bajo los efectos del jet lag (algo bastante improbable ya que había pasado más de una semana del vuelo), así que salí del bar y me alejé de ahí casi corriendo.

Hubo también otras situaciones que podrían casi considerarse premonitorias en aquel viaje. Situaciones que en el momento me parecieron un tanto sobrenaturales pero a las que no quise dar rienda suelta para no alimentar mis manías ficcionales. No quería acabar también yo teniendo unos “problemitas” como mi antiguo amigo. Así que me lo tomé todo como si hubiesen sido unas maravillosas casualidades novelescas como esas que les suceden a los personajes de Paul Auster en algunas de sus historias.

La cuestión es que, ahora, mientras leo sobre la vida de Stephen Crane y sobre sus textos premonitorios todas esas inquietudes han vuelto a asaltarme. Y es que, para colmo, leo que el pobre Crane tuvo una muerte bastante prematura (a los 28 años), y lo primero que pienso es si todas estas coincidencias no derivarán también en mi propia muerte prematura. Un pensamiento totalmente paranoico y catastrófico, lo sé.

Así que sigo leyendo y poco a poco me tranquilizo diciéndome que yo ya he pasado hace rato los 28 años y que además, según leo, el norteamericano dejó, en sus escasos años de vida, una extensa obra escrita. Yo, en cambio, apenas he escrito una novela y algunos textos sin importancia. Él, se vio involucrado en un naufragio, cuando cruzaba de Miami a Cuba, del que sobrevivió y fue capaz de contarlo en un hermoso cuento; y yo, aunque tengo planeada una novela en la que también, casualmente, se hace alusión a un naufragio, ni siquiera he empezado a escribirla. Mucho menos tengo en mente subirme a un barco en los próximos meses. Aunque, a decir verdad, cuando uno vive en una isla eso siempre es una posibilidad. Habrá que tenerlo en cuenta.

Día 2

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3 de abril

Escribir, lo que se dice escribir, no estoy escribiendo.  Lo que sí hice durante estos días es pasármelos preocupado buscando información sobre viajes en barco a través del atlántico. Sobre todo el trayecto que iría desde Buenos Aires hasta Canarias. No es que quiera lanzarme ahora en una aventura por el estilo (aunque nunca se sabe, siempre es una posibilidad), sino que ando necesitando ciertos detalles para la novela. Cosas como: fechas en las que sería conveniente hacer el trayecto, cantidad de personas que deberían componer una tripulación media en un barco de tamaño mediano y cosas por el estilo. Me he planteado preguntarle a un conocido que sabe del tema, pero sé que me soltaría una perorata de dos horas, con exceso de detalles técnicos (para mí inútiles), y cómo hoy no estoy para escuchar a nadie me dedico a buscar en Internet. Lo que encuentro son, más que nada, blogs de gente que ha hecho el viaje y que cuenta su experiencia personal y muestran demasiadas fotos de ellos mismos con la piel muy curtida por el sol y el mar. Nada que me sirva. Así que tocará seguir buscando y preguntando. O quizás, muy a pesar mío, tenga que terminar por llamar a mi conocido y soportar sus propias historias personales; y quizás juntarme a tomar un café y ver su cara curtida por el sol y el mar. Todo esto para intentar abrirme paso a machetazos entre la maleza de sus conocimientos técnicos sobre la vida en alta mar y, de toda esa espesa maraña, extraer la información que pueda ser relevante para la historia. Un trabajo agotador.

Luego voy al mercado a comprar verduras. Hago de comer. Miro pasajes de avión (ya estoy cansando de tanto barco) para irme de viaje a algún lugar, lejos y por largo tiempo, pero los precios me desaniman. Suele pasarme. Es muy dura la vida del artista, pienso.

Las peripecias de Bocafloja

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Bocafloja está agobiado, desesperado porque no le funciona internet. Ha pasado toda la mañana sin poder entrar en Facebook y siente que allí muchas cosas están pasando sin que él pueda opinar. Ataque de ansiedad inminente ¿Debería llamar a su Coach para hacerle saber de su problema?

Hace dos días ha muerto George Michael y ayer la actriz que representó el papel de la princesa Leia en La Guerra de las Galaxias. Y todo esto ha sucedido sin que Bocafloja haya podido dar su veredicto ¡Qué pensarán sus miles de seguidores! ¡Horror!

Bocafloja apaga y enciende el router. Nada. Llama a Cacaphone para pedir explicaciones por esta terrible e imperdonable incidencia en su linea de ADSL. Pero parece nadie puede resolver su problema.

Bocafloja necesita consejo y apoyo moral. Llama a su mejor amiga para contarle sus miserias y entre los dos lamentan la desesperante situación. Ella, su amiga, ciertamente no quisiera estar en sus zapatos en un momento así.

Y lo peor de todo es que Bocafloja ya tiene listos y recién sacados del horno sus textos sobre George y Leia, como los tuvo, también, sobre Prince, Bowie y todos los que en este año, tan productivo para Bocafloja, partieron hacia la dimensión desconocida.

Pasan las horas y Bocafloja se siente cada vez más inquieto; y revisa su texto sobre lo mucho que va a extrañar a George Michael y cómo se acuerda de cuando en los 90 escuchaba siempre tal o cual canción suya y la repetía incesantemente y bailaba encerrado en su cuarto como un loco. Y aunque ahora hace mucho que ya no lo escucha porque últimamente estaba gordo y alejado de la vida pública, Bocafloja no puede creer que no vaya a estar más entre nosotros. Lo mismo piensa de Leia Pero no importa, piensa Bocafloja, porque está seguro que ahora saldrán muchas póstumas recopilaciones de “The Best of George” y remakes de la Guerra de las Galaxias (versión ampliada con recortes del director en los que aparece muchas veces la princesa Leia) y con eso tendremos para disfrutar por mucho tiempo hasta que Madonna vuelva a decir algo transgresor o que, si Dios quiere, se nos vaya algún otro famoso que nos de mucho de que hablar y de que escribir.

Bye, bye, se despide Bocafloja porque parece que ha vuelto la señal y puede que aún esté a tiempo para opinar algo sobre el tema. Parece que Facebook está que arde.