Día 20

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11 de junio

Me di cuenta hace algunos días de que no soy un escritor de escritorio. Soy más bien un escritor de andar o un escritor de cafeterías. Me explico: me sucede, la mayoría de las veces, que lo que se me ocurre para escribir me viene cuando estoy caminando, en uno de mis frecuentes paseos, o cuando estoy en la cafetería de la esquina de casa a la que siempre voy a escribir. El ambiente de la cafetería hace que, a pesar del ruido, me concentre y se me ocurran buenas ideas. Lo mismo me sucede cuando estoy paseando. Y aunque a quien me vea podría parecerle que voy observándolo todo con atención, en cambio, lo que me sucede es que voy inventándome cosas y muchas veces hasta hablando solo.

Siempre que vuelvo de esas caminatas o de la cafetería de la esquina de casa, me siento en el estudio a escribir, lleno de ideas. Algunas de ellas las tengo apuntadas en un cuadernito que llevo conmigo para todos lados. El problema viene precisamente cuando abro la computadora o el cuaderno en el que escribo. Es ahí, cuando empiezo a descargar toda la información, el momento en que la cosa empieza a diluirse y se va evaporando hasta quedarse en un par de párrafos que luego habrá que retocar. Todas esas ideas que creía magnificas y que se elevaban y flotaban con elegancia, de repente, pierden fuerza y energía. Y para colmo de males, yo quedo agotado, como si me hubiese pasado varias horas escribiendo.

Lo bueno es que he descubierto que la operación de salir a pasear o de ir a la cafetería funciona sin importar las veces que la repita. Siempre da resultado. Así que lo que hago es pasarme el día entrando y saliendo de casa. Yendo y viniendo. Salgo de casa, doy una vuelta por el barrio y después voy al bar y me siento a apuntar cosas en el cuadernito.

Supongo que el hombre del bar pensará que estoy medio loco ya que aparezco por allí varias veces al día y cada vez repito la misma operación: me siento en la mesa que está al lado de la ventana (si no está ocupada) y me pongo a escribir en el cuadernito mientras me muerdo la lengua. Hasta ahora nunca se atrevió a preguntarme nada, por suerte. Pero noto que me mira con curiosidad y sé que uno de estos días se va a animar y me va a preguntar. Y ahí voy a tener que atreverme yo a decirle que lo que hago es venir al bar para poder “irme”. Que cada cierto tiempo, tengo que salir de casa para que las ideas se muevan y se eleven. Es como si tuviera una de esas bolas de cristal que simulan un paisaje con nieve, le diría al señor del bar, y, cada tanto, no me queda otra que agitarla para que la nieve (las ideas) se eleve y flote hasta quedar suspendida en el liquido durante varios segundos antes de asentarse nuevamente y que todo quede en calma. Esa es la metáfora que usaría para explicarle al señor del bar por qué voy allí a cada rato y me siento en esa mesa a escribir en el cuadernito mientras me muerdo la lengua. El tema es que si le digo eso, ahí sí que, seguro, pensará que estoy medio loco o loco del todo y, quizás, no me deje volver a entrar porque tendrá miedo que un día agite demasiado las ideas en su bar y haga alguna locura. Por eso creo que voy a tener que inventarme otra metáfora menos extraña, porque sino corro el riesgo de no poder volver y ahí a ver cómo me las arreglo para agitar la bola de nieve y que todo se eleve y flote. Me arriesgo demasiado a que todo se quede completamente en calma. Un paisaje con la nieve bien asentada. Aunque siempre me quedarán los paseos. Pero para qué arriesgar. Es mejor decirle que soy un adicto al café y que para disimular mi adicción hago como que escribo, concentrado. Para que no se note. Seguro que ahí se queda más tranquilo.

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Día 19

 

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2 de junio

Hoy es un buen día para novelar. Digo esto porque, apenas me senté hace un rato a trabajar, se me ocurrió la idea de agregar otro narrador a la novela. No digo que haya cambiado el que ya tenía, sino más bien que he decidido agregar uno nuevo. Así, al mejor estilo Conrad en su Heart of Darkness, ahora, además de un Marlow, tengo otro narrador homodiegético, que enmarca una historia dentro de otra historia que, por supuesto, esconde otra historia siempre cada vez más oscura en el corazón mismo de todas las tinieblas de esa historia mayor. Y si aquí alguien piensa que me estoy enredando demasiado, imagínense cómo me sentí yo al descubrir todo esto hoy, ni bien me senté a trabajar en este escritorio. Así es, me sentí enredado, pero muy feliz. Porque no hay felicidad mayor ni nada más hermoso que estar novelando, como quien no quiere la cosa, y como si uno fuese un marinero navegando por el río Níger en dirección hacia las entrañas mismas de África, empezar a desatar nudos para poder, por fin, soltar las amarras y dejarse ir con la corriente. Adentrarse en lo desconocido en busca de mi Kurtz personal hasta encontrarlo y que este, moribundo, en su último suspiro y sabiendo que yo acabo de enredarme tanto con todos estos narradores, me mire y me diga aquello de: ¡El horror, el horror! Y yo, para tranquilizarlo, le diría que no se preocupe, que descanse en paz  porque seguramente, a medida que avance yo en la historia todo se va a aclarar o se va a oscurecer aún más, pero que lo importante es que pueda llegar hasta ahí, hasta ese corazón de las tinieblas que es el centro mismo de la historia, y luego poder volver para contarlo. Con eso me basta.

Día 17

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24 de mayo

Últimamente cambio mucho de opinión. No es algo nuevo en mí, siempre tuve cierta tendencia hacia la indecisión. Pero en las últimas semanas, debo decir que he notado un preocupante incremento y me voy con el primero que me ofrezca un razonamiento contundente o un argumento sólido.

Por poner un ejemplo, no puedo decidir si las cosas en el mundo están bien o se están yendo al carajo (antes lo tenía bastante claro). Hay argumentos muy buenos de ambos lados.

En lo que respecta a lo personal, a lo íntimo, me persigue siempre esa nube tormentosa (no quiero usar un término técnico porque no viene al caso) que me impide decidir qué hacer con mi vida ¿Debería quedarme tranquilo donde estoy o debería irme, moverme? La decisión de cambiar siempre ha sido la más razonable, pero hoy dudo (raro). Mi preocupación es siempre la misma: temo quedarme atrapado entre dos aguas y no poder elegir ni una cosa ni la otra. El siempre tan temido Limbo me acecha. Porque lo que importa realmente no es el cambio en sí sino más bien la elección. La gente, muchas veces, piensa que lo que les cuesta es cambiar, que le dan miedo los cambios. Pero a decir verdad, lo que realmente les complica la existencia es esa parte en la que tienen que elegir. Es la elección entre dos o más opciones lo que más temen.

El mayor problema de toda esta situación, claro está, es que la indecisión se traslade al avance de la novela y no pueda, en un momento dado, elegir, por ejemplo, qué camino debería tomar la trama o que elecciones deberán afrontar mis personajes, etc. Al final no quisiera tener que recurrir a lo que yo llamo el camino Conan Doyle. Es decir, tener que optar por aquello de Elige tu propia aventura y que haya diferentes tramas y diferentes opciones para cada uno de los personajes. Y, por supuesto, muchos desenlaces posibles, todos igualmente buenos. Quisiera que si llego a ese límite sea sólo en mi vida. Me gusta mantener las opciones abiertas en lo personal. Me gusta la indecisión y me gusta tener que tomar decisiones; tener que elegir me da vida. Me activa las neuronas. Pero en lo que respecta a mis personajes no me atrevo a ponerlos en semejante situación. Eso de que los personajes, una vez creados, cobren vida y se muevan por sí solos me parece una negligencia. En mi caso prefiero que se ajusten al guión. Para las elecciones ya estoy yo y esa es la pata que mantiene de pie esta mesa.

Día 16

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20 de mayo

Durante mucho tiempo, como Proust, yo también estuve acostándome temprano. Y  parecía que eso era algo que incomodaba a la gente que me rodeaba. “¿A las diez en la cama?”, se sorprendían. Sí, y es que considero que la noche está sobrevalorada. Muchos hablan de la tranquilidad y del silencio que se experimentan por la noche, pero a ellos les digo que prueben a levantarse a las siete y se darán cuenta de que este silencio, apenas interrumpido por el trino de los pájaros, es un silencio mucho más audaz. Me atrevería a decir (porque también he vivido muchas noches y lo sé) que el aparente silencio de las noches, lo rompen unos ruidos mucho más perversos que ahora prefiero evitar.

Déjenme mis mañanas frescas y luminosas, dejen que me aleje de la oscuridad. Por la mañana todo es más sincero, nadie oculta sus miserias detrás del maquillaje. En una cara de dormido se pueden leer muchas cosas. Hay más verdad en la marca que deja una almohada sobre una mejilla que en muchas confesiones etílicas en la barra de un bar. En unos ojos hinchados se puede ver la historia de la humanidad. En un alegre “buenos días” y en el olor del pan recién hecho, o del café, puede estar encapsulada toda la felicidad.

Me gusta trabajar por las mañanas. Sentarme a escribir mientras, de fondo, escucho cómo se levantan las persianas de los negocios del barrio. Escucho a la señora de la florería que le da los buenos días al panadero. La vecina que saca sus perros a pasear y los pasos de la gente que va a trabajar me inspiran. El mundo desperezándose me inspira.

Por eso, ahora me voy a dormir que ya son las diez y cuarto y se está haciendo tarde. Mañana hay que madrugar así que apaguemos las velas. Espero que nadie se sorprenda o se sienta incomodo por esta confesión. Buenas noches.

Día 14

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7 de mayo

Trabajo. Estudio. Leo. Releo. Busco en el archivo del pasado (fotos, textos, recuerdos) cosas que me sacudan para ver si se me cae una idea; material que pueda utilizar en la novela. Finalmente parece que algo se mueve y escribo. No mucho, pero ya se sabe o se intuye que un poco ya es mucho.

Lo que escribo no es exactamente un capítulo; ni siquiera diría que es una escena completa. Es otra cosa ¿un pensamiento?, ¿una idea? Es algo que, de algún modo oscuro por ahora para mí, está conectado con la historia. Y así desemboco en un par de párrafos reflexivos. Párrafos que aún no se ni cómo ni dónde encajarán, pero sé que me gustaría incluirlos en la historia. Probablemente se lo adjudique a alguno de los personajes.

Una vez terminado y agotado el momento de inspiración (o quizás sería más adecuado llamarlo momento de “exhalación” ya que ha sido como largar un gran suspiro hasta desinflarme, como un globo pinchado, y quedar arrugado y triste) ese ¿pensamiento?, ¿idea? se queda guardado en la carpeta dentro de la carpeta dentro de la carpeta. Carpeta Novela. Carpeta Vidas Pasadas. Carpeta Extras importantes (esa carpeta donde va a parar todo lo que no sé dónde meter, pero intuyo que en algún momento lo sabré). Ahí se quedará, quién sabe por cuánto tiempo, esperando el momento indicado en que su autor llegue a ese punto de la historia en el que se enciende, como un cartel de luces de neón en una oscura ruta secundaria, la señal que nos guía hacia esa carpeta “Extras importantes”.  Y es ahí, en ese preciso instante, cuando por fin esos ¿pensamientos?, ¿ideas? emergen para encajar en el todo. Ese es el destino que les espera a algunos de esos textos sueltos; otros, en cambio, acabarán en la papelera o, con suerte, puedan ser  reciclados en alguna otra historia. Mientras tanto, creo que es bueno que esa carpeta siga creciendo y engordando. Porque me gusta pensar que la literatura y la vida están llenas de cosas que uno no sabe dónde deberán ir pero que en algún momento parecen encajar a la perfección en el todo. Cosas así…”Extras importantes”.

 

 

Día 12

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1 de mayo

Después de varios días de ausencia injustificada vuelvo al trabajo en el día del trabajador. Vuelvo a mis investigaciones para la novela. Investigaciones que ahora se alejan del esoterismo, la clarividencia y otras pseudociencias, para desplazarse hacia la ciencia pura (aunque muchas veces, como puedo comprobar ahora echando un vistazo rápido por la ventana de casa, bastante incierta), la meteorología. La meteorología y la climatología, para ser más precisos. El porqué de esta investigación está relacionado con cierta afinidad que tiene – tendrá – el personaje principal hacia los fenómenos climáticos.  Digamos que su fuerte es la meteorología y, por tanto, debería ser también el mío durante el tiempo que dure la novela. Así que me dispongo a entrar en ese mundo con los poros bien abiertos, para absorberlo todo. Un mundo que, por cierto, siempre me ha interesado muchísimo, aunque de lejos. Será quizás por aquello que me repetía siempre mi viejo: “vos siempre en las nubes”, me decía. Puede que esa sea la razón de mi interés, es decir, entender dónde he estado realmente todo este tiempo. Así que, para analizarlo en profundidad, decidí cargar a mi personaje con esa inquietud que me ha perseguido durante toda mi vida. Y es que desde que me dedico a escribir lo analizo todo a través de la escritura y de la literatura. Paso todas mis experiencias por ese tamiz para, con suerte, obtener algo de verdad; aquella “pepita de pura verdad” de la que hablaba Virginia Woolf en su magnífico ensayo, Una habitación propia. Así que me dispongo a nadar en las profundidades de la meteorología y la climatología para saber de una vez por todas por qué pasé tanto tiempo en las nubes. Una vez que lo tenga más claro podré llamar a mi viejo y decirle que en realidad estaba equivocado y que yo no estaba siempre en las nubes, sino que más bien me la pasaba saltando de un Cumulonimbus a un Nimbostratus. Para que le quede claro.

Día 10

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24 de abril

Lo que leo mientras escribo.

Esta semana que pasó, terminé de leer Pálido fuego, de Vladimir Nabokov. Y al terminarlo, como suele pasarme muchas veces, me quedé pensando en que hay ciertos escritores a los que me bajonea leer mientras estoy en el proceso de escribir. Nabokov es uno de ellos; y es que, al comprobar el manejo magistral de su prosa, mezclado con esa imaginación exuberante tan característica de él, hace que en cierto sentido me deprima y me haga querer arrancar todas las hojas que escribí en los últimos días y quemarlas. Pero cuando me pasa esto, inmediatamente recuerdo aquella frase de Rodrigo Fresán en la que decía que hay dos tipos de escritores: los que cuando leen algo genial piensan cómo no se me ocurrió a mí y los que, al contrario, se alegran de que se le haya ocurrido a alguien. Yo, por supuesto, soy de los segundos, y me alegro inmensamente de que haya alguien como Nabokov que pone el nivel tan alto. Además, estoy seguro de que algo tan bueno como Pálido fuego nunca se me podría haber ocurrido a mí. Así que eso refuerza la idea de que soy del segundo tipo de escritores a los que se refiere Fresán (que por cierto es otro genio que eleva el límite de mis aspiraciones).

Y hablando de genios que elevan el límite, hoy encontré en la biblioteca de mi barrio (a la cuál agradezco que me ofrezca tantas alegrías) otra joya de otro genio (o en este caso una joya compartida por dos genios). Se trata de Las palmeras salvajes de William Faulkner en la edición traducida por Borges. Explosión de felicidad. Qué fácil es hacerme feliz, pienso. Así que ahora me dispongo a deprimirme un poco leyendo a Faulkner (y a Borges), pero también a alegrarme muchísimo de que a ambos se les haya ocurrido, cada uno desde lo suyo, trabajar en Las palmeras salvajes.

Good night.

Día 9

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20 de abril

Siguiendo el consejo de una buena amiga, siempre muy comprometida con el medio ambiente, empecé hace algunas semanas a comprar el agua en botellas de vidrio. Me las trae un repartidor que viene, todos los viernes, con un camión. No sólo compro el agua para ayudar en la lucha contra la erradicación del plástico, sino que tengo también un interés egoísta, lo admito. Y es que esto de que vengan a traerme el agua a casa, me recuerda a cuando era chico y por mi casa de Buenos Aires pasaba el sodero que nos traía, también con un camión, las cajas de sifones de soda. Venía todas las semanas y nos reponía los sifones vacíos. Eso es algo que ya no se ve (o, mejor dicho, ya no se veía, porque ahora tengo a mi “sodero” personal y estoy encantado). Y entorno a todo lo que rodea esta operación del reparto de agua puerta a puerta, me he creado una especie de visión romántica.

Llevando esto un poco más lejos, hoy se me ocurrió invitar al Hombre del Agua (lo voy a llamar así) a entrar en casa a tomar un café y un vaso de agua. Porque si quiero evocar del todo la misma sensación que me trasmitía la visita del sodero de Buenos Aires a mi casa (a quien llamábamos por su nombre e incluso, cada tanto, mi viejo lo invitaba a tomar una cerveza o un café), me di cuenta de que tengo que hacerme más amigo de mi repartidor, entrar en confianza.

Mientras esperábamos, él y yo, a que se hiciera el café y charlábamos de cosas cotidianas, el Hombre de Agua, se puso a ojear los cuadernos abiertos y los libros que yo había dejado descansando sobre la mesa de la cocina, en donde estaba trabajando cuando me interrumpió el timbre. Me preguntó si yo escribía y, cuando le respondí que sí, que estaba escribiendo una novela, me dijo que él también escribía y, entonces, la conversación dio un giro. Estuvimos largo rato charlando sobre libros y escritores, y al ver que teníamos afinidades comunes en lo literario, el Hombre del Agua se animó y me sorprendió leyéndome unos poemas suyos que me parecieron de una sensibilidad y sencillez conmovedoras. Me hicieron acordar inmediatamente a ciertos poemas de William Carlos Williams, y, como una asociación lleva a otra, me acordé también del personaje de la película Paterson, de Jim Jarmusch. Ese personaje que maneja un autobús y que en sus ratos libres escribe poemas hermosos y sencillos sobre pequeñas cosas que en el fondo nunca son tan pequeñas. Ese personaje que en la película se llama Paterson y vive en el pueblo Paterson, el mismo pueblo Paterson al que Williams dedicó un magnífico poema. Y siguiendo con las asociaciones, ahora que lo miraba bien, el Hombre del Agua se parecía mucho a ese Paterson no sólo físicamente, sino que además los dos escribían en sus ratos libres (mientras almorzaban o esperaban un cambio de turno) poemas sobre las pequeñas cosas no tan pequeñas y, además, los dos eran conductores de vehículos grandes y complicados con los que daban vueltas por la ciudad pensando en cosas pequeñas y sencillas. Pero creo que con tantas asociaciones me estoy enredando demasiado.

Voy a reproducir aquí, de memoria, uno de los poemas que me leyó y que me quedó grabado. Puede que algunas palabras estén cambiadas, pero decía algo así.

Caras sedientas

detrás de puertas

llenas de secretos

y de cajas

con botellas

vacías.

Quedamos la semana que viene. Yo le dije que le llenaría la taza con otro café si él me leía otro de sus poemas. Después me cambió mi caja de agua vacía por una llena y yo le conté un secreto para darle algo a cambio. Un secreto que por obvias razones no voy a reproducir aquí porque se perdería toda la poesía.

Adiós, Paterson, le grite desde la puerta cuando se subía al camión, y él me saludó con la mano. Después se alejó haciendo tintinear las botellas de cristal vacías.

Día 8

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18 de abril

A este cuaderno le quedan pocas hojas vacías. Hace días que debería haber salido a comprar uno nuevo, lo sé. Pero no me dio la gana. Además, el tiempo no ha acompañado mucho, a decir verdad. Pero hoy hace un día encantador para salir a pasear. Así que puede que hoy sea el día indicado para comprar ese cuaderno que tanto se hace esperar y dejar, por fin, de reciclar hojas sueltas que luego acaban perdidas o en la basura.

Hoy hace un día estupendo, decía, y es así en todos los sentidos. Porque hoy logré escribir una página entera. Como diría Cesar Aira: “Con una paginita  al día me conformo porque al final del año tengo 365 páginas y eso es una novela.”

Por supuesto que mi paginita de hoy no es como la paginita de Aira. Si me pongo riguroso, de mi paginita puede que quede un párrafo, quizás sólo una idea o puede que apenas un adjetivo que me gusta. Pero como hoy el día es maravilloso, me siento optimista y digo que sí, que tengo una página entera. Una página más. Con eso me conformo y ahí lo dejo.

Ahora me voy a comprar el cuaderno y luego a la playa para después poder escribir en este diario algo como aquello que escribió Kafka en el suyo: “Por la tarde fui a nadar”.

Día 6

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15 de abril.
Incompatibilidades…
4- Viajar a La Gomera y llevar encima todos los cuadernos, apuntes y el portátil para pasar tres maravillosos días escribiendo en calma y alejado del mundanal ruido, para luego encontrarte allí con un sol de verano, un mar calmo y cristalino y gente maravillosa que te invita a comer y a beber de manera copiosa y, además, te regala botellas de vino de cosecha propia para que te lleves a casa. Así es como vuelves en el barco con la panza llena, quemado por el sol, medio borracho y mareado y sin haber escrito ni una línea. Pero eso sí, rebosando de felicidad y agradecimiento. Habrá que volver a intentarlo.