Día 23

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27 de junio

Cada vez me convenzo más de que hay escritores por todos lados. Se esconden detrás de las fachadas más insólitas y curiosas, para aparecer cuando uno menos se lo espera.

Hoy, sin ir más lejos, tuve un extraño encuentro con uno en el café de mi barrio. Ese café en el que me gusta sentarme a escribir y al que voy varias veces por día. El mismo café en el que, como ya escribí anteriormente, siempre entro con temor a que un día el dueño se harte y termine por preguntarme sobre el porqué de esa extraña actitud mía de ir allí, varias veces por día, sentarme en una mesa apartada (en lo posible siempre la misma), cerca de la ventana, y una vez acomodado allí, quedarme pensativo mientras lo observo todo sin observar realmente nada. O preguntarme, quizás, por esas otras veces en las que, inclinado demasiado sobre este cuaderno en el que ahora escribo estas lineas y, en una actitud de extrema concentración (mordiéndome la lengua hasta casi hacerme mal) me río solo mientras escribo como poseído.

Tengo temor no solo a que me pregunte, sino más bien a tener que responderle algo que le resulte tan extraño que me crea un loco perdido y termine por echarme de allí.

Y, por un momento, hoy fue el día en que todos esos temores se hicieron realidad. Sucedió lo que tanto me esperaba que sucediera, aunque no sucedió como me lo esperaba. Hoy, el dueño, por fin se ha acercado sin traer en sus manos el café de siempre. Y, en cuanto lo he visto venir directo hacia mí, con el ceño fruncido, he sabido que el momento había llegado y todo mi mundo se ha tambaleado por unos instantes. Casi estuve apunto de levantarme y salir de ahí yo solito, antes de que me echasen. Pero apenas me dio tiempo a cerrar el cuaderno cuando el dueño llegó hasta la mesa y me preguntó, sin más preámbulos, si era escritor. La pregunta me dejó tan desconcertado que lo único que atiné a responderle fue algo que recordé que un amigo me había recomendado decir en caso de que algo así sucediera.

“Pincha, rompe, pierde, paga”, le dije, y me quedé mirándolo unos segundos, ahora sí, con verdadero temor a que me sacara del bar a empujones por pirado. Pero para mi sorpresa su réplica me dejó aún más descolocado que su pregunta anterior. “Escribir en un bar es como quedarse dormido escuchando la radio”, me dijo. Y, como no entendí en absoluto lo que me había querido decir, me di cuenta enseguida de que había encontrado otro amigo con el que compartía afinidades. Porque no entender era precisamente lo que andaba yo buscando y así se lo dije. Y él, por supuesto, se echo a reír a carcajadas y la enorme panza que ostenta empezó a sacudir el delantal que tenía atado a la cintura.

Acto seguido, me invitó una cerveza que amablemente tuve que tomarme, aunque eran las diez de la mañana, porque rechazarla me pareció un gesto descortés para con mi nuevo amigo. Después, me contó que él también era escritor y que, en sus ratos libres, se le había ocurrido regentar un café. Dijo esto y soltó otra carcajada con sacudida de panza.

Me dijo que su mayor afición eran los aforismos, pero que no descartaba escribir una obra en la que conviviesen, de manera natural, los aforismos con la narrativa. Un obra como la de Oscar Wilde, me dijo, y me confesó que el irlandés era uno de sus escritores favoritos.

Para este momento, él ya estaba sentado en mi mesa con una cerveza adelante y yo un poco mareado con la segunda. Estuvimos así un rato, tomando cerveza y charlando sobre Oscar Wilde y sobre aforistas que yo desconocía completamente.

Después volví a casa muy contento y zigzagueando. Ahora tenía un nuevo amigo, un lugar fijo para escribir sin temor a que me echasen y una borrachera bastante importante. Volví tambaleante y pensando que, después de Paterson, Óscar (así me dijo que se llamaba, aunque no sé si se lo había inventado) era el segundo escritor que aparecía donde menos me lo esperaba y oculto tras una fachada curiosa.

Habrá que seguir buscando.

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Día 18

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28 de mayo

Hay días que no sirven para nada. Hoy, sin ir más lejos, perdí gran parte de la mañana chusmeando el Facebook a ver que hacía la gente. Sentí asco de mí mismo, así que para compensar me dije que lo mejor sería ir hasta la biblioteca a buscar un par de libros que desde hace un tiempo quiero leer. Voy caminando a paso lento, disfrutando del paseo, intentando despejar los malos pensamientos de hace un rato. Es decir, quitándome de encima el asco que sentí hacia mi persona.

Cuando llego a la biblioteca, como no tienen los libros que venía buscando, me pongo a recorrer con la vista los anaqueles en busca de algo que me inspire. Al final saco en préstamo tres libros de autores que no me suenan nada para ver si descubro algo que me sorprenda.

Vuelvo a casa, me preparo unos mates y me siento un rato al sol, en el jardín (hay que aprovechar los días buenos, pienso). Me llevo los libros hojearlos, pero parece que el gran descubrimiento del 2018 tendrá que esperar.

Después de la sesión de vitamina D en el jardín, vuelvo al escritorio. A falta de una idea o de ganas vuelvo a mirar el Facebook. También leo el diario, miro el mail, la cuenta del banco y leo algún blog que me gusta.

Toda esa actividad me da hambre, así que voy a la cocina a abrir distraídamente la heladera para ver que puedo picar. Corto queso y un poco de pan. Caliento más agua para el mate y vuelvo al jardín y al sol. Creo que al final lo de escribir quedará para mañana. Para que sufrir.

Día 16

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20 de mayo

Durante mucho tiempo, como Proust, yo también estuve acostándome temprano. Y  parecía que eso era algo que incomodaba a la gente que me rodeaba. “¿A las diez en la cama?”, se sorprendían. Sí, y es que considero que la noche está sobrevalorada. Muchos hablan de la tranquilidad y del silencio que se experimentan por la noche, pero a ellos les digo que prueben a levantarse a las siete y se darán cuenta de que este silencio, apenas interrumpido por el trino de los pájaros, es un silencio mucho más audaz. Me atrevería a decir (porque también he vivido muchas noches y lo sé) que el aparente silencio de las noches, lo rompen unos ruidos mucho más perversos que ahora prefiero evitar.

Déjenme mis mañanas frescas y luminosas, dejen que me aleje de la oscuridad. Por la mañana todo es más sincero, nadie oculta sus miserias detrás del maquillaje. En una cara de dormido se pueden leer muchas cosas. Hay más verdad en la marca que deja una almohada sobre una mejilla que en muchas confesiones etílicas en la barra de un bar. En unos ojos hinchados se puede ver la historia de la humanidad. En un alegre “buenos días” y en el olor del pan recién hecho, o del café, puede estar encapsulada toda la felicidad.

Me gusta trabajar por las mañanas. Sentarme a escribir mientras, de fondo, escucho cómo se levantan las persianas de los negocios del barrio. Escucho a la señora de la florería que le da los buenos días al panadero. La vecina que saca sus perros a pasear y los pasos de la gente que va a trabajar me inspiran. El mundo desperezándose me inspira.

Por eso, ahora me voy a dormir que ya son las diez y cuarto y se está haciendo tarde. Mañana hay que madrugar así que apaguemos las velas. Espero que nadie se sorprenda o se sienta incomodo por esta confesión. Buenas noches.

Día 8

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18 de abril

A este cuaderno le quedan pocas hojas vacías. Hace días que debería haber salido a comprar uno nuevo, lo sé. Pero no me dio la gana. Además, el tiempo no ha acompañado mucho, a decir verdad. Pero hoy hace un día encantador para salir a pasear. Así que puede que hoy sea el día indicado para comprar ese cuaderno que tanto se hace esperar y dejar, por fin, de reciclar hojas sueltas que luego acaban perdidas o en la basura.

Hoy hace un día estupendo, decía, y es así en todos los sentidos. Porque hoy logré escribir una página entera. Como diría Cesar Aira: “Con una paginita  al día me conformo porque al final del año tengo 365 páginas y eso es una novela.”

Por supuesto que mi paginita de hoy no es como la paginita de Aira. Si me pongo riguroso, de mi paginita puede que quede un párrafo, quizás sólo una idea o puede que apenas un adjetivo que me gusta. Pero como hoy el día es maravilloso, me siento optimista y digo que sí, que tengo una página entera. Una página más. Con eso me conformo y ahí lo dejo.

Ahora me voy a comprar el cuaderno y luego a la playa para después poder escribir en este diario algo como aquello que escribió Kafka en el suyo: “Por la tarde fui a nadar”.

Día 6

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15 de abril.
Incompatibilidades…
4- Viajar a La Gomera y llevar encima todos los cuadernos, apuntes y el portátil para pasar tres maravillosos días escribiendo en calma y alejado del mundanal ruido, para luego encontrarte allí con un sol de verano, un mar calmo y cristalino y gente maravillosa que te invita a comer y a beber de manera copiosa y, además, te regala botellas de vino de cosecha propia para que te lleves a casa. Así es como vuelves en el barco con la panza llena, quemado por el sol, medio borracho y mareado y sin haber escrito ni una línea. Pero eso sí, rebosando de felicidad y agradecimiento. Habrá que volver a intentarlo.

Día 5

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Incompatibilidades en la vida de un escritor:

1- Comer un puchero y luego acometer la imposible tarea de corregir aquel párrafo que te ha inquietado durante toda la mañana.

2- Que vengan un par de amigos a tocar el timbre para tomar unos mates justo cuando creías haber encontrado un par de horas libres para, por fin, empezar un nuevo capítulo (y si encima traen unos bizcochitos dulces ya se arruinó todo por completo).

3- Dar por sentado que esta noche sí, esta es la noche en la que, en lugar de irte a tomar unas birras con amigos, te vas a sentar a pasar en limpio todas esas páginas que se van acumulando en el cuaderno desde hace algunas semanas.

Iluso.

Continuara…

Día 3

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6 de abril

Se dice del periodista y escritor Stephen Crane (Newark 1871- Badenweiler 1900) que en muchos de sus escritos anticipó, de alguna manera, sucesos que posteriormente viviría en carne propia. Escribió, por poner un par de ejemplos, sobre los suburbios de Nueva York y sus habitantes, mientras aún cursaba su estudios en la Universidad de Syracuse, sin saber aún que posteriormente llegaría a investigar minuciosamente la vida de los bajos fondos del Bowery. Escribió, también, un retrato vívido de los horrores en el campo de batalla, cuando aún no había participado en ninguna guerra, algo que sí experimentaría años después como corresponsal en la guerra entre griegos y turcos.

La cuestión es que, mientras leo sobre la vida de Crane y sus textos premonitorios, descubro, no sin sorpresa, que al menos en dos ocasiones en los últimos meses, había yo experimentado algo similar. Por supuesto que no tengo intenciones de comparar aquí mi vida, más bien monótona y aburrida, con la del audaz y aventurero escritor norteamericano, como tampoco pretendo equiparar mis torpes textos con su magnífica y prolífica (y, ahora también lo sé, premonitoria) obra. Simplemente me pareció curioso y algo inquietante encontrar cierto paralelismo en algunas situaciones en las que me vi involucrado.

La primera situación a la que me refiero sucedió hace un par de meses, en mi última visita a Buenos Aires. Algunas semanas antes de viajar (incluso de saber que estaba por hacer ese viaje) se me ocurrió escribir un texto, ficcionando mi regreso a la ciudad.

La intención era relatar la relación que mantengo con la ciudad desde que vivo fuera; la sensación de volver a algunos lugares después de tantos años y encontrármelos tan cambiados. Cosas por el estilo. En el texto aparecía yo como personaje, caminando por las calles de un barrio que nunca había sido mi barrio pero que me servía perfectamente como escenario para lo que quería mostrar. Visitaba también un café (que existe realmente y que, dicho sea de paso, me parece unos de los rincones más encantadores) en el que supuestamente yo desayunaba todas las primeras mañanas, en cada una de mis visitas a la ciudad, como manteniendo una especie de ritual.

Quiso quizás el destino que esta vez, al aterrizar en Buenos Aires, fuese directamente a visitar a mi madre (quien casualmente vive ahora en ese barrio sobre el que yo había escrito) y que, al llegar a su casa, ella tuviese la magnífica idea de invitarme a desayunar a ese café tan pintoresco del que hablaba anteriormente. Hasta aquí todo podría considerarse una alegre coincidencia, pero sucedió – y esto no me lo esperaba – que, luego de desayunar, a mi madre se le ocurrió que tenía ganas de dar una vuelta por el barrio y mostrarme lo mucho que había cambiado todo desde que yo me había ido. Me paseó por lugares que yo nombraba en el texto, como la plaza del barrio o la estación del tren, para enseñarme el contraste de esos dos lugares, que se mantienen como antaño, con los otros que tanto se han transformado.

Por supuesto, lo primero que pensé fue que ella había leído mi relato y estaba intentando reproducirlo para mí. Pero cuando se lo pregunté me respondió que, aunque le encantaría leer lo que yo escribo, ella ya no ve tan bien y le cuesta muchísimo eso de meterse en Internet y leer en la pantalla. <<Igual>>, dijo, <<yo no necesito leer lo que escribe mi hijo para saber que escribe muy bien>>. Y así zanjó la conversación que enseguida tomó otro rumbo.

Todo hubiese quedado en esta simpática anécdota sino fuese porque, una semana después, me encontré casualmente con un amigo que hacía muchos años que no veía, y al que yo había utilizado, sin que él lo supiera, como personaje en mi última novela. En la historia, mi personaje perdía el camino, por así decirlo, después de haber tenido unos problemas personales. Todo ficción, claro. Nada sabía de la vida de este amigo desde hacía, como ya dije, muchos años. Tampoco sabría decir cómo se me ocurrió utilizarlo como personaje, pero así somos los escritores, sacamos material de cualquier lado. El caso es que después intercambiar los saludos pertinentes con mi amigo, lo invité a tomar una café y fue ahí cuando escuché su historia. Me contó que hacía unos años atrás, debido a unos “problemitas” con las drogas, había “perdido un poco el camino” (usó, para mi sorpresa, esas exactas palabras) y había estado, me dijo, algo desequilibrado.

Mientras él me contaba todo esto yo intentaba captar algún gesto que me indicara que todo era una broma, pero a decir verdad no percibí nada. Es más, mi amigo parecía más bien serio y preocupado por la situación que le había tocado vivir.

Todo lo que me contó tenía un sospechoso parecido con lo que yo había escrito en aquella historia, por eso ahora, el que verdaderamente estaba preocupado era yo. Y es probable que mi preocupación se notase en mi aspecto ya que mi amigo en seguida me preguntó si me sentía bien. Y gracias a esa pregunta logré escaparme de esa situación incómoda, contestándole que la verdad es que no me sentía muy bien y que debía estar todavía bajo los efectos del jet lag (algo bastante improbable ya que había pasado más de una semana del vuelo), así que salí del bar y me alejé de ahí casi corriendo.

Hubo también otras situaciones que podrían casi considerarse premonitorias en aquel viaje. Situaciones que en el momento me parecieron un tanto sobrenaturales pero a las que no quise dar rienda suelta para no alimentar mis manías ficcionales. No quería acabar también yo teniendo unos “problemitas” como mi antiguo amigo. Así que me lo tomé todo como si hubiesen sido unas maravillosas casualidades novelescas como esas que les suceden a los personajes de Paul Auster en algunas de sus historias.

La cuestión es que, ahora, mientras leo sobre la vida de Stephen Crane y sobre sus textos premonitorios todas esas inquietudes han vuelto a asaltarme. Y es que, para colmo, leo que el pobre Crane tuvo una muerte bastante prematura (a los 28 años), y lo primero que pienso es si todas estas coincidencias no derivarán también en mi propia muerte prematura. Un pensamiento totalmente paranoico y catastrófico, lo sé.

Así que sigo leyendo y poco a poco me tranquilizo diciéndome que yo ya he pasado hace rato los 28 años y que además, según leo, el norteamericano dejó, en sus escasos años de vida, una extensa obra escrita. Yo, en cambio, apenas he escrito una novela y algunos textos sin importancia. Él, se vio involucrado en un naufragio, cuando cruzaba de Miami a Cuba, del que sobrevivió y fue capaz de contarlo en un hermoso cuento; y yo, aunque tengo planeada una novela en la que también, casualmente, se hace alusión a un naufragio, ni siquiera he empezado a escribirla. Mucho menos tengo en mente subirme a un barco en los próximos meses. Aunque, a decir verdad, cuando uno vive en una isla eso siempre es una posibilidad. Habrá que tenerlo en cuenta.

Monamoda y Barbanueva

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Tengo el recuerdo

de asomarme a mi ventana en el barrio del Raval

y verlos pasar, paseando de la mano, felices.

Hacen una pareja maravillosa, tan frescos y tan hermosos,

Barbanueva y Monamoda, muy a la moda, muy a la última;

o a la penúltima, porque la última allá se va, allá se fue y ya pasó,

quién puede decir si volverá en un revival retro vintage.

Ahí viene otra a gran velocidad, otra que a su paso poco dejará,

tan poco como la anterior, apenas alguna foto

o unos zapatos abandonados en el fondo del placard

esperando el recuerdo o el olvido.

Y ellos también pasan y se van, se alejan

dejando el perfume que queda, como queda la piel

mudada, seca, pasada y usada muy poco

y ya desechada, rápido, pasada de moda.

Muy pasada.

La posibilidad de los perros

Imaginá que vas por una autopista. Puede ser cualquier autopista del mundo, todas se parecen. Estás atravesando un tramo particularmente arbolado. Un cartel anuncia un área de descanso a pocos kilómetros, y sentís unas fuertes ganas de parar a comer algo y relajarte un poco. Salís de la autopista en la correspondiente salida, y estacionás el coche a la sombra. El lugar es realmente agradable.

A tu derecha ves una zona arbolada y algunas mesas de piedra distribuidas aleatoriamente bajo la sombra de esos árboles. Abrís la puerta trasera del coche, buscás una bolsa de supermercado donde llevás pan y algo de jamón y queso, y te dirigís caminando hacia una de las mesas que están a la sombra. También llevás un libro atrapado bajo la axila para que te haga compañía.

Ahora imaginá que mientras estás disfrutando de tu sándwich y de una agradable lectura bajo las acogedoras ramas de unos enormes eucaliptos ves un coche que se detiene y de él se baja un hombre con su perro. Están a unos cien o ciento cincuenta metros de donde estás sentado (sí, el área boscosa es enorme), y los ves adentrarse en el bosque. Después de la distracción, volvés a tu libro y continuás la lectura. Pero a los pocos minutos algo te incomoda y no te deja concentrarte en lo que estás leyendo. Es un ladrido, un ladrido alto y muy agudo. Se oye lejano pero claro, y es constante como un metrónomo marcando el tiempo. Como has perdido la concentración, cerrás el libro y te levantás para dar un paseo y, de paso, ver de dónde vienen los ladridos.

Imaginá que, durante el paseo, vas pisando las hojas y ramitas secas que cubren el suelo de la zona boscosa y el crujido te produce un intenso placer. Y ahora imaginá que cuando alzás la vista ves que a lo lejos, el hombre que antes había entrado en el bosque con el perro, se aleja de la zona boscosa en dirección a su coche. Esta vez el perro no le acompaña, pero vos aún podés escuchar los ladridos que provienen del bosque. Así que seguís caminando y unos pasos más adelante podés ver entre los árboles al perro atado a una cuerda. Tira, salta y se retuerce intentando zafarse del collar; ladra fuerte y por fin se detiene, cansado, y se sienta mirando un punto fijo, a lo lejos. Al igual que vos, el perro está mirando como el hombre arranca su coche y se aleja en dirección a la autopista. Ambos observan la misma escena sorprendidos, aunque la diferencia es que el pobre animal alberga la esperanza de que el tipo vuelva a buscarle, mientras que vos tenés la certeza de que el muy hijo de puta se ha rajado dejando al pobre chucho para que muera de sed y hambre ahí, atado en un árbol.

Ahora caminás entre los eucaliptos en dirección al animal. Das pasos cautelosos porque de lejos te ha parecido que es grande, y tenés miedo de que se suelte y te salte encima porque no te conoce. Pero cuando estás cerca, el perro te ve y mueve su cola con gran entusiasmo, y te das cuenta de que es un cachorro (aunque un cachorro enorme), que no va a hacerte nada. Así que te acercás y lo desatás.

Mientras lo estás desatando, él se te sube encima y te lame la cara, y no para de mover la cola con una inmensa alegría; y a vos te parece que está agradecido de que lo hayas rescatado. Pensás en la crueldad del personaje nefasto que ha abandonado a esa pobre criatura a su suerte.

Mientras lo estás acariciando y él responde a tus caricias jugando, te das cuenta de que a él ya no le importa el hijo de puta de su dueño. No tiene conciencia de lo que ha sucedido porque este animal no sabe nada de la crueldad humana. Mejor así.

Llegados a este punto, si has logrado imaginar todo esto, no te costará nada imaginarte paseando con el perro por el bosque y tener la sensación de que se conocen de toda la vida. Por eso, cuando abrís la puerta del coche, él salta dentro pero se niega a quedarse sentado en el asiento de atrás, y vos lo dejás que se acomode a gusto en el asiento del acompañante, al lado tuyo. Después, cuando arrancás, le bajás un poco la ventanilla para que asome su hocico y se deleite con el festival de olores del mundo. Y cuando lo mirás disfrutar del viaje, cada vez te cuesta menos imaginar que ahora tenés un nuevo compañero. Seguro que a tu novia le encanta y entre los tres le buscan un lindo nombre.