Monamoda y Barbanueva

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Tengo el recuerdo

de asomarme a mi ventana en el barrio del Raval

y verlos pasar, paseando de la mano, felices.

Hacen una pareja maravillosa, tan frescos y tan hermosos,

Barbanueva y Monamoda, muy a la moda, muy a la última;

o a la penúltima, porque la última allá se va, allá se fue y ya pasó,

quién puede decir si volverá en un revival retro vintage.

Ahí viene otra a gran velocidad, otra que a su paso poco dejará,

tan poco como la anterior, apenas alguna foto

o unos zapatos abandonados en el fondo del placard

esperando el recuerdo o el olvido.

Y ellos también pasan y se van, se alejan

dejando el perfume que queda, como queda la piel

mudada, seca, pasada y usada muy poco

y ya desechada, rápido, pasada de moda.

Muy pasada.

La posibilidad de los perros

Imaginá que vas por una autopista. Puede ser cualquier autopista del mundo, todas se parecen. Estás atravesando un tramo particularmente arbolado. Un cartel anuncia un área de descanso a pocos kilómetros, y sentís unas fuertes ganas de parar a comer algo y relajarte un poco. Salís de la autopista en la correspondiente salida, y estacionás el coche a la sombra. El lugar es realmente agradable.

A tu derecha ves una zona arbolada y algunas mesas de piedra distribuidas aleatoriamente bajo la sombra de esos árboles. Abrís la puerta trasera del coche, buscás una bolsa de supermercado donde llevás pan y algo de jamón y queso, y te dirigís caminando hacia una de las mesas que están a la sombra. También llevás un libro atrapado bajo la axila para que te haga compañía.

Ahora imaginá que mientras estás disfrutando de tu sándwich y de una agradable lectura bajo las acogedoras ramas de unos enormes eucaliptos ves un coche que se detiene y de él se baja un hombre con su perro. Están a unos cien o ciento cincuenta metros de donde estás sentado (sí, el área boscosa es enorme), y los ves adentrarse en el bosque. Después de la distracción, volvés a tu libro y continuás la lectura. Pero a los pocos minutos algo te incomoda y no te deja concentrarte en lo que estás leyendo. Es un ladrido, un ladrido alto y muy agudo. Se oye lejano pero claro, y es constante como un metrónomo marcando el tiempo. Como has perdido la concentración, cerrás el libro y te levantás para dar un paseo y, de paso, ver de dónde vienen los ladridos.

Imaginá que, durante el paseo, vas pisando las hojas y ramitas secas que cubren el suelo de la zona boscosa y el crujido te produce un intenso placer. Y ahora imaginá que cuando alzás la vista ves que a lo lejos, el hombre que antes había entrado en el bosque con el perro, se aleja de la zona boscosa en dirección a su coche. Esta vez el perro no le acompaña, pero vos aún podés escuchar los ladridos que provienen del bosque. Así que seguís caminando y unos pasos más adelante podés ver entre los árboles al perro atado a una cuerda. Tira, salta y se retuerce intentando zafarse del collar; ladra fuerte y por fin se detiene, cansado, y se sienta mirando un punto fijo, a lo lejos. Al igual que vos, el perro está mirando como el hombre arranca su coche y se aleja en dirección a la autopista. Ambos observan la misma escena sorprendidos, aunque la diferencia es que el pobre animal alberga la esperanza de que el tipo vuelva a buscarle, mientras que vos tenés la certeza de que el muy hijo de puta se ha rajado dejando al pobre chucho para que muera de sed y hambre ahí, atado en un árbol.

Ahora caminás entre los eucaliptos en dirección al animal. Das pasos cautelosos porque de lejos te ha parecido que es grande, y tenés miedo de que se suelte y te salte encima porque no te conoce. Pero cuando estás cerca, el perro te ve y mueve su cola con gran entusiasmo, y te das cuenta de que es un cachorro (aunque un cachorro enorme), que no va a hacerte nada. Así que te acercás y lo desatás.

Mientras lo estás desatando, él se te sube encima y te lame la cara, y no para de mover la cola con una inmensa alegría; y a vos te parece que está agradecido de que lo hayas rescatado. Pensás en la crueldad del personaje nefasto que ha abandonado a esa pobre criatura a su suerte.

Mientras lo estás acariciando y él responde a tus caricias jugando, te das cuenta de que a él ya no le importa el hijo de puta de su dueño. No tiene conciencia de lo que ha sucedido porque este animal no sabe nada de la crueldad humana. Mejor así.

Llegados a este punto, si has logrado imaginar todo esto, no te costará nada imaginarte paseando con el perro por el bosque y tener la sensación de que se conocen de toda la vida. Por eso, cuando abrís la puerta del coche, él salta dentro pero se niega a quedarse sentado en el asiento de atrás, y vos lo dejás que se acomode a gusto en el asiento del acompañante, al lado tuyo. Después, cuando arrancás, le bajás un poco la ventanilla para que asome su hocico y se deleite con el festival de olores del mundo. Y cuando lo mirás disfrutar del viaje, cada vez te cuesta menos imaginar que ahora tenés un nuevo compañero. Seguro que a tu novia le encanta y entre los tres le buscan un lindo nombre.