Día 9

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20 de abril

Siguiendo el consejo de una buena amiga, siempre muy comprometida con el medio ambiente, empecé hace algunas semanas a comprar el agua en botellas de vidrio. Me las trae un repartidor que viene, todos los viernes, con un camión. No sólo compro el agua para ayudar en la lucha contra la erradicación del plástico, sino que tengo también un interés egoísta, lo admito. Y es que esto de que vengan a traerme el agua a casa, me recuerda a cuando era chico y por mi casa de Buenos Aires pasaba el sodero que nos traía, también con un camión, las cajas de sifones de soda. Venía todas las semanas y nos reponía los sifones vacíos. Eso es algo que ya no se ve (o, mejor dicho, ya no se veía, porque ahora tengo a mi “sodero” personal y estoy encantado). Y entorno a todo lo que rodea esta operación del reparto de agua puerta a puerta, me he creado una especie de visión romántica.

Llevando esto un poco más lejos, hoy se me ocurrió invitar al Hombre del Agua (lo voy a llamar así) a entrar en casa a tomar un café y un vaso de agua. Porque si quiero evocar del todo la misma sensación que me trasmitía la visita del sodero de Buenos Aires a mi casa (a quien llamábamos por su nombre e incluso, cada tanto, mi viejo lo invitaba a tomar una cerveza o un café), me di cuenta de que tengo que hacerme más amigo de mi repartidor, entrar en confianza.

Mientras esperábamos, él y yo, a que se hiciera el café y charlábamos de cosas cotidianas, el Hombre de Agua, se puso a ojear los cuadernos abiertos y los libros que yo había dejado descansando sobre la mesa de la cocina, en donde estaba trabajando cuando me interrumpió el timbre. Me preguntó si yo escribía y, cuando le respondí que sí, que estaba escribiendo una novela, me dijo que él también escribía y, entonces, la conversación dio un giro. Estuvimos largo rato charlando sobre libros y escritores, y al ver que teníamos afinidades comunes en lo literario, el Hombre del Agua se animó y me sorprendió leyéndome unos poemas suyos que me parecieron de una sensibilidad y sencillez conmovedoras. Me hicieron acordar inmediatamente a ciertos poemas de William Carlos Williams, y, como una asociación lleva a otra, me acordé también del personaje de la película Paterson, de Jim Jarmusch. Ese personaje que maneja un autobús y que en sus ratos libres escribe poemas hermosos y sencillos sobre pequeñas cosas que en el fondo nunca son tan pequeñas. Ese personaje que en la película se llama Paterson y vive en el pueblo Paterson, el mismo pueblo Paterson al que Williams dedicó un magnífico poema. Y siguiendo con las asociaciones, ahora que lo miraba bien, el Hombre del Agua se parecía mucho a ese Paterson no sólo físicamente, sino que además los dos escribían en sus ratos libres (mientras almorzaban o esperaban un cambio de turno) poemas sobre las pequeñas cosas no tan pequeñas y, además, los dos eran conductores de vehículos grandes y complicados con los que daban vueltas por la ciudad pensando en cosas pequeñas y sencillas. Pero creo que con tantas asociaciones me estoy enredando demasiado.

Voy a reproducir aquí, de memoria, uno de los poemas que me leyó y que me quedó grabado. Puede que algunas palabras estén cambiadas, pero decía algo así.

Caras sedientas

detrás de puertas

llenas de secretos

y de cajas

con botellas

vacías.

Quedamos la semana que viene. Yo le dije que le llenaría la taza con otro café si él me leía otro de sus poemas. Después me cambió mi caja de agua vacía por una llena y yo le conté un secreto para darle algo a cambio. Un secreto que por obvias razones no voy a reproducir aquí porque se perdería toda la poesía.

Adiós, Paterson, le grite desde la puerta cuando se subía al camión, y él me saludó con la mano. Después se alejó haciendo tintinear las botellas de cristal vacías.

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Monamoda y Barbanueva

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Tengo el recuerdo

de asomarme a mi ventana en el barrio del Raval

y verlos pasar, paseando de la mano, felices.

Hacen una pareja maravillosa, tan frescos y tan hermosos,

Barbanueva y Monamoda, muy a la moda, muy a la última;

o a la penúltima, porque la última allá se va, allá se fue y ya pasó,

quién puede decir si volverá en un revival retro vintage.

Ahí viene otra a gran velocidad, otra que a su paso poco dejará,

tan poco como la anterior, apenas alguna foto

o unos zapatos abandonados en el fondo del placard

esperando el recuerdo o el olvido.

Y ellos también pasan y se van, se alejan

dejando el perfume que queda, como queda la piel

mudada, seca, pasada y usada muy poco

y ya desechada, rápido, pasada de moda.

Muy pasada.

Rolito

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Rolito

cubito de hielo

dónde quedaron tus huesos

después de cruzar la triple frontera

brasil paraguay argentina

para traer de contrabando

diez mil dólares en el baúl

de un escarabajo destartalado

pero tan adecuado a tu estilo

tan ridículo como vos

llegaste ansioso a la frontera

desesperado por comprar todo barato

y bonito antes de cruzar

cosas que atesorar en algún rincón

de tu guarida llena de cosas

que nunca usás pero que te gusta mostrar

compraste whisky puchos

baratijas para tu casa

de barrio esplendoroso

qué poco dejás a tu paso

frío frialdad frivolidad

frito por ser alguien grande

el dueño de la pelota

pero te equivocás de camino

¿no lo ves?

Ya se te acaba la gasolina

y quedarte por el camino

es lo de menos porque siempre

se puede seguir a pie

lo peor es que ese camino

no es el camino

y ya está ya viene

el calor y te aterra no llegar

a tiempo a tu heladera

no hay remedio para

tu enfermedad terminal

se terminó te derretís Rolito

Good bye.